27 de Mayo de 2010
. Pero la cultura del Imperio tampoco puede competir con el arte y la filosofía griega, muy superiores a los suyos, de modo que se produce un intercambio históricamente muy interesante, por el cual Roma aporta la organización política del Imperio mientras se deja influir por el pensamiento griego y lo asimila en sus propias creaciones culturales, que llevan la marca helénica.
En este capítulo, cambiamos de cultura y también, en buena medida, de escenario.En el siglo II a.C. las orgullosas ciudades griegas se han convertido ya en provincias de un Imperio Romano que extiende su poder por buena parte del mundo civilizado de entonces. El dominio militar y político de Roma alcanza su punto más alto, ante el cual las modestas polis griegas no pueden competir
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Pero lo que hemos visto en el capítulo anterior es sólo una fotografía de la realidad. Hasta ahora, hemos descubierto lo que Aristóteles llama causas intrínsecas de las cosas (la materia y la forma), hemos mirado dentro de ellas para ver cómo están compuestas. Pero nos falta explicar el movimiento, el cambio, aunque algo hemos adelantado al explicar que también las formas cambian, como en el ejemplo de la muerte de un ser viviente. Habrá que profundizar ahora en la explicación aristotélica del problema del cambio, que nos ayudará a entender mejor lo que hemos visto.
Terminábamos hace poco señalando las dificultades que entraña el conocimiento de las ideas. Lo cierto y verdad es que sólo el hombre es capaz de conocer así. Los demás animales están limitados a los datos que les ofrecen sus sentidos y por lo tanto son incapaces de conocimientos universales. ¿Por qué? Porque el ser humano no es sólo cuerpo: él posee un alma que es, por así decirlo, ciudadana del mundo de las ideas y que hace posible que el hombre se eleve más allá de lo material y visible.
Como habíamos anunciado, cambiamos de escenario. Hasta ahora nos hemos movido a saltos por todo el territorio de lo que se ha llamado “la magna Grecia”, que incluye lo que hoy llamamos Grecia junto con el sur de Italia y las costas del Asia Menor. (Notemos, de paso, que los filósofos del Asia Menor, como los físicos, tienden a pensar de un modo más concreto y material que los del sur de Italia, como Pitágoras y Parménides, más proclives al pensamiento formal y abstracto).





















