|27 de Mayo de 2010
Los primeros pasos de la filosofía (y dos)En este capítulo terminamos nuestro viaje por el pensamiento de los llamados Presocráticos que habíamos comenzado en el anterior y veremos como se trata de conciliar el permanente devenir de Heráclito con el ser único e inmutable de Parménides. Para finalizar, parece este un buen momento de hacer una recapitulación de lo expuesto hasta ahora.
Los pluralistas (presocráticos y 3)
Se llama así a algunos filósofos que van a tratar de reconciliar el ser único e inmutable de Parménides con el hecho evidente del cambio. Ellos van a aceptar que el ser no cambia, pero negarán que sea sólo uno, y afirmarán que la naturaleza surge de la combinación de varios principios.
Así, por ejemplo, Empédocles recurre a los cuatro elementos tradicionales: el aire, el agua, la tierra y el fuego, que ya habían inspirado a algunos filósofos que conocemos. Estos elementos, entremezclándose, adoptan pluralidad de formas, como dice en uno de sus poemas, hasta el punto que los mismos dioses están compuestos de ellos. Los elementos se unen y se separan movidos por dos principios activos: el amor y el odio. El tiempo no es más que la incesante repetición de estas uniones y separaciones, que continuarán eternamente.
Anaxágoras va más allá. No se trata de cuatro elementos sino de infinidad de semillas, cada una de las cuales contiene las cualidades de todas las cosas, y por eso pueden transformarse sin dejar de ser lo que son. Pero, como siempre, la combinación de estas semillas (spermata, en griego) no está librada a la casualidad. Todo el mundo está regido por una mente o inteligencia (el nous, en griego), independiente de esas semillas, una especie de amor intelectual que genera una especie de torbellino que une y separa esas semillas.
Demócrito es probablemente el más maduro de los pluralistas. Su filosofía anticipa, a su modo, conclusiones que la física moderna va a tardar siglos en postular. Según él, todo lo que existe está compuesto por partículas simples llamados átomos, que etimológicamente significa “lo que no puede dividirse”.
Los átomos se parecen al ser de Parménides: son eternos e inmutables, pero se distinguen entre sí por la forma, el orden y la situación y su número es infinito. Según la forma en que esos átomos se combinen en el vacío tendremos la diversidad de seres que pueblan nuestro mundo y sus constantes cambios se deben al constante movimiento (torbellino) a que están sometidos: cuando se juntan producen la generación y cuando se separan la corrupción.
Evidentemente, hay enormes diferencias con la teoría atómica de la física moderna. Pero si tenemos en cuenta que Demócrito escribe en el siglo V antes de Cristo, basándose únicamente en el pensamiento racional y sin ninguna base experimental, no podemos menos de sorprendernos de que formulara un sistema que tanto se acerca a la concepción moderna de la materia.
Es verdad que la combinación de los átomos es la que produce las diferencias entre unos seres y otros: el agua es agua porque se combinan dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno, pero si otro átomo de oxígeno se les une se convierte en agua oxigenada. Y así con todo.
La teoría atómica de Demócrito (y de un posible maestro suyo que fue Leucipo) va a ser retomada más adelante por los epicúreos, que extraerán de ella preceptos morales, e incluso va a inspirar la poesía de Lucrecio, ya en el mundo latino.
Recapitulando
En adelante nuestra historia va a desarrollarse en un nuevo escenario.
Pero antes de dejar a estos primeros filósofos (que suelen llamarse los presocráticos, aunque algunos fueron contemporáneos de Sócrates) conviene echar una mirada al camino que hemos recorrido hasta ahora.
Nos hemos encontrado ya con un problema que nos va a acompañar a lo largo de toda la historia y que para algunos constituye la prueba de la inutilidad de la Filosofía. Cada filósofo rechaza lo que dijo el anterior y propone su propia solución al problema. Parece que cada uno está empezando de nuevo la historia del pensamiento, cosa que no sucede, por ejemplo, en la ciencia. Tales afirma que el principio es el agua, Anaximandro que es el ápeiron, Pitágoras que es el número, Heráclito habla del devenir, Parménides del ser, etc.
Y la historia del pensamiento seguirá por ese mismo camino.
Si embargo, en lo poco que llevamos visto aparece ya una unidad muy profunda. Como hemos dicho antes, en el fondo de todas esas respuestas diferentes, estos primeros filósofos buscan, cada uno a su modo, un principio único que explique la diversidad de las cosas naturales. Los sentidos, -la vista, el oído, el olfato... - nos ofrecen multitud de datos desordenados y revueltos: vemos colores, formas, oímos sonidos graves y agudos, ruidos, música.
Pero si queremos pensar acerca de lo que ellos nos informan, no tenemos más remedio que reducirlas a conceptos, es decir, a unidades que abarcan muchos datos de los sentidos reunidos en un mismo significado. Cuando hablamos de “la humanidad”, por ejemplo, o del “universo”, no nos estamos refiriendo a un confuso montón de impresiones sensitivas (aunque ellas sean necesarias para formar esos conceptos) sino que estamos apelando a lo que esos viejos griegos llamaban logos: recordemos una vez más que su significado originario era el de reunir, juntar.
Y esa tarea de buscar la unidad detrás de la diversidad de las apariencias es lo que hace desde el lenguaje cotidiano (que llama “animal” al mosquito y al elefante) hasta la ciencia más avanzada (los físicos actuales tratan de encontrar una fuerza única que unifique las cuatro fuerzas que rigen el universo). Y esa tarea la inician, de modo tentativo y a veces ingenuo, estos primeros filósofos, que tratan de descubrir un principio único y permanente detrás del aparente desorden de la naturaleza.




