|27 de Mayo de 2010

La madre de Sócrates era comadrona. Y Sócrates solía bromear diciendo que su oficio era el mismo que el de su madre: sólo que en lugar de ayudar a parir niños, él ayudaba a dar a luz la verdad. Porque una de las ideas centrales del pensamiento socrático consiste en su afirmación de que la verdad habita en el interior de cada uno y sólo es necesario conocerse a sí mismo para encontrarla.

Rechaza por lo tanto el estilo sofista de enseñar, basado en la aceptación de la doctrina de un maestro.
El verdadero maestro no inculca sus verdades al discípulo, sino que busca con él la verdad que habita en el alma de ambos. Desde este punto de vista podemos decir que conocer es recordar lo que el alma ya sabe desde siempre pero que permanece oculto por las necesidades y preocupaciones materiales de la vida. Y esta verdad es la misma para los dos, porque la verdad –a diferencia de lo que pensaban los sofistas- es una sola. De ahí su método, llamado mayéutica, que significa precisamente “el arte de dar a luz”.
La mayéutica, por lo tanto es el arte del diálogo, de una conversación en la cual maestro y discípulo comparten su ignorancia y buscan juntos el recuerdo de una verdad cuyo germen está en el alma de los dos. Pero para encontrar la verdad, el primer paso es convencerse de que no la conocemos, es decir, abandonar las falsas verdades que son fruto de la costumbre y la ignorancia.
De ahí que el primer paso del método socrático consista en la ironía: cuestionar mediante hábiles preguntas al interlocutor para hacerle caer en la cuenta de su ignorancia y sus contradicciones, hasta que se convenza de lo primero que se necesita para aprender: reconocer que no se sabe. Al “saber que no sabe” su situación ha mejorado, ya que antes era ignorante sin saberlo. Pero no todos saben aprovechar este paso, y muchos de los interlocutores de Sócrates se sienten humillados y furiosos al ser víctimas de esta ironía del maestro.
Una vez que se ha reconocido la ignorancia se puede pasar a la dialéctica, es decir, a un diálogo en el cual maestro y discípulo, a partir de sus ideas personales, buscan una verdad universal de la que ambos participan. Búsqueda que en los diálogos socráticos nunca termina, ya que lo que le interesa al maestro no consiste en encontrar verdades completas y definitivas sino indicar el camino para que cada uno sea capaz de buscarlas en su propio interior.
Uno de los diálogos de Platón en que se muestra claramente este método de su maestro es el Menón. En él, Sócrates logra que un esclavo analfabeto resuelva un problema de geometría sin indicarle la solución, sólo orientándole con hábiles preguntas a buscar la solución por sí mismo, solución que se supone debía existir ya, aunque olvidada, en el alma del esclavo. (Aunque, todo hay que decirlo, las preguntas de Sócrates orientan bastante las respuestas de su interlocutor...)
Y esta sabiduría que el alma posee desde que nace es también la fuente de la bondad, de la vida moral. Porque el alma que conoce el bien necesariamente va a tratar de hacerlo realidad en su vida. La maldad, por lo tanto, no es más que ignorancia: todos buscamos el bien, pero el ignorante, el que ha olvidado en qué consiste, se equivoca y confunde el bien con el mal. Por lo tanto, lo que hay que hacer con el hombre malo es educarlo. Una vez que conozca el bien se sentirá inclinado a buscarlo en sus acciones, tal es la fuerza de esa idea suprema. Esta doctrina, conocida como el intelectualismo moral va a tener una enorme influencia en la historia, en particular en la historia de la educación.
Platón pone en boca de Sócrates los fundamentos filosóficos de este método, que abarcan una importante teoría del conocimiento, así como muchas otras afirmaciones de su filosofía sobre política, moral, estética y metafísica. Veremos algunas de ellas en el capítulo dedicado a Platón, recordando que hoy resulta imposible separar claramente la doctrina del maestro y la del discípulo.




