|26 de Enero de 2011

Como hemos dicho antes, el pensamiento científico de Aristóteles era tan potente que su influencia duró casi dos mil años sin que nadie se atreviera a cuestionarla seriamente. Antes de revisar estos cuestionamientos conviene echar un vistazo a los principios científicos del filósofo griego, que significó un gran progreso en su tiempo pero un freno para la ciencia siglos más tarde.


La ciencia de Aristóteles se basa en el mismo concepto que marca todo su sistema filosófico: el concepto de causa final. La naturaleza se rige por unas leyes simples: todo lo que se mueve es movido por otro y es movido según una finalidad que la naturaleza lleva inscrita en su misma esencia y que todo lo que existe tiende a realizar. Por ejemplo: cuando una piedra cae sucede lo mismo que cuando el fuego sube. Ambos tienden a su lugar natural, tienden a la finalidad que su esencia les marca, tratando de recuperar su lugar natural. Cuando una flecha surca el aire es porque el arco le ha comunicado el movimiento y si se sigue moviendo después es porque el aire que desplaza la continúa empujando. Por otra parte, la tierra está inmóvil en el centro del universo (modelo geocéntrico), rodeada de esferas cristalinas en las cuales están engarzados los astros. Estas esferas giran a su alrededor con un movimiento circular uniforme, que es el más perfecto de los movimientos, ya que están movidas por el Primer Motor que a su vez mueve varios primeros motores secundarios. Además, los astros son esferas (la forma más perfecta) compuestas por una materia incorruptible, el éter o quinta esencia (las otras cuatro, de las que está compuesto este mundo, son la tierra, el agua, el aire y el fuego). Como se ve, la física de Aristóteles se basa en principios metafísicos antes que en la observación de los datos: la noción de movimiento implica cierta imperfección, de tal modo que sólo el Primer Motor Inmóvil constituye un ser pleno y realizado. Y los astros, más cercanos a ese Primer Motor, se acercan más a la perfección que nuestra pobre tierra, ya que son esferas perfectas y están compuestos de una materia que no cambia ni se corrompe. La sombra del viejo Parménides sigue presente en la física aristotélica.

Como este modelo astronómico de Aristóteles no coincidía con la observación de los cielos, el astrónomo greco-egipcio Claudio Ptolomeo establece en el siglo II una serie de correcciones que permiten adecuar el modelo geocéntrico a los datos observables, si bien aclara que su sistema no pretende describir la realidad tal como es sino aportar un modelo de cálculo que permita salvar las apariencias. El sistema de Ptolomeo es adoptado por los astrónomos durante casi diecisiete siglos, ya que permitía realizar cálculos astronómicos con suficiente precisión manteniendo el prejuicio ideológico y religioso de que la tierra se mantenía inmóvil en el centro del universo. Sin embargo, era tan complejo que Alfonso X, el Sabio, comentó irónicamente que si Dios le hubiera pedido consejo para hacer el universo el resultado no hubiera sido tan complicado.
Los primeros intentos de una nueva ciencia
Los primeros cuestionamientos a esta visión aristotélica del universo son algo ingenuos y poco tienen que ver con los principios sobre los que va a edificarse la ciencia moderna. Pero tienen el mérito de intentar nuevos caminos para la investigación y sobre todo de haber llamado la atención sobre la necesidad de observar los hechos antes que tratar de imponerles un prejuicio ideológico. Ya en el siglo III a.C., cuando los griegos en plena época helenística establecieron en Alejandría un importante polo de desarrollo cultural, Arquímedes (278-212) había hecho descubrimientos físicos y matemáticos de enorme importancia. Pero es a partir del siglo XIV cuando los dogmas aristotélicos comienzan a dejar espacio para una nueva física, que en pocos siglos transformará el mundo.
Algunos pensadores del siglo XIV, como Buridán (1295-1348) y Oresme (1325-1382) comienzan a dudar acerca de la necesidad de que la tierra permanezca inmóvil en el centro del universo, aunque finalmente terminan afirmándola. El primero insinúa también los fundamentos del principio de inercia, cuestionando así la afirmación de Aristóteles acerca de la necesidad de que causa permanezca activa durante toda la trayectoria del móvil.
Durante el Renacimiento se abre paso progresivamente la necesidad de reformar la astronomía, que será en adelante la ciencia pionera, si bien algunos de estos intentos de reforma se limitan a una vuelta a las teorías ptolemaicas y aristotélicas. Para la gran reforma habrá que esperar al siglo XVI: un clérigo polaco, Nicolás Copérnico (1473-1543), propone un nuevo modelo del universo radicalmente distinto del de Aristóteles, hasta el punto de que se extendido el uso del término “revolución copernicana” para calificar cualquier proceso radical de cambio. Decidido a simplificar el complejo sistema de Ptolomeo, introduce un modelo heliocéntrico de raíz platónica, suponiendo que es el sol el que ocupa el centro del universo y la tierra gira a su alrededor a la vez que rota sobre sí misma. Mantiene, sin embargo, las esferas celestes con su movimiento circular uniforme, que no será revisado hasta un siglo más tarde. A pesar de que su sistema resulta en ocasiones menos operativo que el de Ptolomeo, que había tenido tiempo de ser ajustado a la observación, Copérnico abre la puerta a una nueva manera de ver el mundo, que rompe los límites cerrados del modelo vigente, perfeccionado y matematizado ya en el siglo XVII por Johannes Kepler (1571-1630). Por eso, su importancia va a extenderse mucho más allá de la astronomía: lo que pone en cuestión Copérnico es el puesto del hombre en el universo.


A partir de allí, la astronomía representará la vanguardia de una profunda transformación que se extenderá no sólo a la ciencia sino al conjunto del pensamiento moderno. Y el profeta de esa nueva visión del mundo será Galileo Galilei (1564-1642), un italiano genial que puso las bases del futuro método científico, aunque haya que esperar un siglo más para que sus intuiciones lleguen a la madurez, ya que están marcadas por un enfoque racionalista que reduce el papel de la experimentación empírica.
Galileo no fue un filósofo ni un teólogo, aunque su defensa del heliocentrismo copernicano fue considerada herética por la Inquisición, que a punto estuvo de quemarlo en la hoguera. Su concepción del universo, pese a algunos descubrimientos importantes, repite el sistema de Copérnico (que había sido tolerado un siglo antes) y desde el punto de vista físico-matemático su astronomía es más primitiva que la de su contemporáneo Kepler. Y sin embargo, uno puede preguntarse por qué llegó a poner en su contra con tanta virulencia a los poderes de su época, aun cuando se cuidó de mantenerse fiel a la doctrina teológica de la Iglesia. Además de cierta imprudencia temperamental de Galileo, que era un provocador nato, quizás haya que buscar la razón en que sus propuestas anunciaban una transformación radical de la relación entre el hombre y el mundo que le rodea. Probablemente el poder de su tiempo intuyó que detrás de esos cambios astronómicos y físicos se avecinaban cambios más profundos, que afectarían a la estructura social, política y económica de Europa, cambios que las estructuras conservadores de la Iglesia y del Estado de su tiempo no estaban dispuestos a tolerar. Como en efecto sucedió.
No es este el lugar para enumerar los numerosos aportes de Galileo a la astronomía y a la física. Pero para entender la historia de la Filosofía de la modernidad es necesario detenerse un momento en su manera de concebir el estudio de la naturaleza. Galileo echa las bases de lo que sería el método científico, es decir, de los pasos que un científico sigue para realizar una demostración. Esos pasos, en el caso de la física, pueden reducirse a tres: el científico observa un hecho cualquiera de la naturaleza; en segundo lugar elabora una hipótesis, es decir, una explicación provisional de ese hecho, utilizando para ello el lenguaje matemático; finalmente, realiza un experimento, mediante el cual pone a prueba su hipótesis para ver si realmente sirve para explicar ese hecho. Si sirve, tenemos una ley física comprobada; si no sirve, habrá que elaborar una nueva hipótesis.
Pongamos un ejemplo. Se cuenta que Galileo observó durante una misa la oscilación de una araña de luces que pendía del techo de la iglesia (observación); Galileo supone que el tiempo que tarda la araña en oscilar es siempre el mismo, independientemente de que la oscilación sea más corta o más larga (hipótesis). Galileo mide, utilizando su propio pulso, el tiempo de oscilación y comprueba que no varía según su amplitud (comprobación de la hipótesis). Y ya tenemos verificada la ley de isocronía del péndulo. El mismo método lo aplica a otros fenómenos, como la trayectoria de la bala de un cañón o la caída de un objeto desde una torre.
Más adelante estas comprobaciones de Galileo alcanzarán una formulación matemática más precisa. La ley del péndulo quedará de la siguiente manera: el tiempo de oscilación es igual a dos pi multiplicado por la raíz cuadrada de la longitud de la cuerda partida por la constante de la gravedad. (Pedimos disculpas por introducir una fórmula matemática en este texto, que según la dicotomía renacentista pertenece a las “Letras”. Prometemos que será la última). Es difícil exagerar la importancia de estos descubrimientos: esta unión de un fenómeno físico con una fórmula matemática es la herramienta científica que provocará un cambio sin precedentes en los siglos futuros, aplicando la conocida frase de Galileo: “el mundo es un libro escrito en caracteres matemáticos, y es necesario saber matemáticas para poderlo leer”. Una vez descubierta la ley matemática del péndulo (o de cualquier otro fenómeno) el péndulo queda “domesticado”, a disposición del hombre. Con sólo variar la longitud de la cuerda (única variable de la fórmula) el péndulo oscilará según el ritmo que el científico decida, de tal modo que en un reloj el péndulo ha quedado cautivo y obediente al relojero que desea utilizarlo para medir el tiempo. Y la bala del cañón deberá seguir la trayectoria prefijada por el artillero. Y si extendemos este ejemplo a toda la naturaleza, cualquier fenómeno natural podrá ser dirigido para adaptarse a las necesidades del hombre. Entre la domesticación del péndulo para construir un reloj y la domesticación del silicio para fabricar un ordenador sólo hay una diferencia de tiempo.




