123

HISTORIA DE LA FILOSOFÍA- Capítulo 14 – El Imperio romano y el cristianismo

imperio romanoEn este capítulo, cambiamos de cultura y también, en buena medida, de escenario.En el siglo II a.C. las orgullosas ciudades griegas se han convertido ya en provincias de un Imperio Romano que extiende su poder por buena parte del mundo civilizado de entonces. El dominio militar y político de Roma alcanza su punto más alto, ante el cual las modestas polis griegas no pueden competir . Pero la cultura del Imperio tampoco puede competir con el arte y la filosofía griega, muy superiores a los suyos,  de modo que se produce un intercambio históricamente muy interesante, por el cual Roma aporta la organización política del Imperio mientras se deja influir por el pensamiento griego y lo asimila en sus propias creaciones culturales, que llevan la marca helénica.




No era extraño, en esos tiempos, encontrar en la casa de un poderoso patricio romano un esclavo griego que era el único que sabía leer y escribir y se dedicaba a instruir a los hijos del patricio. Era el pedagogo, que etimológicamente significa el que conduce al niño. Séneca La filosofía romana, por lo tanto, se dedica a releer el pensamiento griego desde una nueva perspectiva histórica, aportando muchas veces enfoques originales y enriquecedores. Así, por ejemplo, Lucrecio (95-55 a.C.) y Séneca (4-65) representan dos versiones romanas del epicureísmo y del estoicismo, este último de una importante influencia en la futura filosofía cristiana.
Pero quizás el filósofo latino más importante sea Plotino (205-270), nacido en Egipto (entonces  parte del Imperio Romano),  que desde su juventud había estudiado a Platón y deseaba idealizar todavía más el pensamiento del maestro, llevándolo a la cima de la espiritualidad.
En la cumbre de todo lo que existe está el Uno, la unidad perfecta que nosPlotinorecuerda al Bien de Platón, y todo lo diverso emana o procede de él, estableciendo una jerarquía que va desde la inteligencia hasta su grado más ínfimo, la materia.
Y la eterna aspiración hacia el Uno constituye así la más profunda vocación del hombre. Como se ve, la filosofía de Plotino presenta muchos elementos aprovechables para el pensamiento cristiano, que encontrarán su madurez en el pensamiento de San Agustín.


Griegos, romanos y hebreos


Mientras tanto, en estos tiempos convulsos del helenismo en los cuales estaba naciendo una nueva visión del mundo, una de las tantas sectas o religiones mistéricas que proliferaban entonces hace su aparición en Judea, también bajo dominio romano. Se trata del cristianismo, una doctrina nacida en el pueblo judío por la predicación de Jesús de Nazaret, que en sus comienzos se interpretó como un movimiento de liberación del pueblo hebreo del dominio de Roma, pero que pronto desbordó esa finalidad.
Sabemos muy poco de los orígenes históricos del cristianismo primitivo. En sus comienzos los seguidores de Jesús fueron gentes del pueblo seguramente analfabetos y en todo caso poco preocupados por establecer una doctrina teológica. Lo que diremos se refiere al cristianismo tal como fue interpretado después de la muerte de Cristo, sobre todo por obra de los más intelectuales de sus seguidores, los apóstoles San Pablo y San Juan. Cristo Así como el pueblo griego compartía, incluso antes de la aparición de la filosofía, una forma de ver el mundo, una cosmovisión, al pueblo hebreo le sucedía otro tanto y su cosmovisión difería de la griega en muchos temas importantes. Por mencionar algunos. La cultura hebrea era radicalmente monoteísta: un solo Dios, omnipotente, eterno y providente, que dirige el destino histórico de su pueblo, le protege  y castiga sus infidelidades. Nada que ver con los dioses folclóricos de la cultura griega, frecuentemente enfrentados entre sí y mucho más cercanos a las pasiones humanas. En el cristianismo esta diferencia se acentúa, porque esta nueva religión predica la existencia de un Dios que  asume la naturaleza humana y termina humillado, torturado y clavado en una cruz por los hombres. Un concepto de la divinidad imposible de compartir para un griego, que consideraba a los dioses inmortales e impasibles. Por otra parte la cultura hebreo-cristiana defiende la idea de creación del mundo a partir de la nada y un concepto lineal del tiempo, con un principio (la creación) y un final (la segunda venida de Cristo y el Juicio Final). Ya hemos visto, desde Parménides en adelante, que el pensamiento griego rechaza la idea de creación: el tiempo es cíclico, a semejanza del tiempo de los fenómenos naturales, el mundo es eterno y su origen hay que buscarlo en un proceso de ordenamiento de lo existente antes que en una aparición de lo que antes no existía. También hay diferencias importantes en la concepción del ser humano. La filosofía griega, sobre todo a partir de Platón, defiende una visión dualista del hombre, compuesto de un alma en la cual radica lo específicamente humano, y un cuerpo que en ocasiones llegó a compararse con un sepulcro o una cárcel del alma. Los hebreos, por el contrario, sostienen otro tipo de dualismo, un dualismo ético: la contraposición no se da entre alma y cuerpo sino entre un principio del bien y un principio del mal que luchan en el interior del hombre. Si bien durante el helenismo el dualismo griego fue penetrando en el pensamiento hebreo,  que asumió la distinción metafísica de cuerpo y alma  sobre todo como manera de explicar la inmortalidad. judaismo y cristianismoFinalmente, existe entre ambas culturas una manera diferente de aproximarse a la verdad. La cultura griega es eminentemente visual: la palabra griega aletheia que traducimos por verdad significa des-cubrimiento, es decir, quitar los velos que impiden ver la realidad, y por lo tanto el término opuesto a la verdad griega no será la mentira y ni siquiera el error sino la apariencia, lo que cubre u oculta la realidad de las cosas. Por lo tanto, la búsqueda de verdad es una actividad teórica, palabra  que viene precisamente del verbo ver. Pensemos, por ejemplo, en Parménides cuando oponía la inmutabilidad y eternidad del ser que nos exige la razón a las apariencias cambiantes que nos ofrecen los sentidos. Para los hebreos, por el contrario, la palabra verdad se traduce como emunah, que significa fidelidad, confianza, lealtad. Una persona verdadera es aquella en la que se puede confiar, que mantiene su palabra. Y en este sentido Dios es el verdadero por excelencia, no tanto porque exista en la realidad sino porque ha establecido un pacto de lealtad indisoluble con su pueblo. Lo opuesto a la verdad será así la traición, la falsedad, el engaño.
Desde este punto de vista la verdad se refiere no tanto a la vista cuanto al oído, a la palabra en la que se puede creer porque quien la pronuncia es verdadero. Es interesante notar que el castellano, entre otros idiomas, ha conservado este doble sentido griego y hebreo de verdad, por ejemplo cuando hablamos de “oro verdadero” y de un “verdadero amigo”. Esta diferencia, que puede parecer solamente lingüística, será muy importante en los siglos que siguen. Porque, como veremos enseguida, la unión de ambas tradiciones planteará el problema de conciliar un pensamiento basado en la razón teórica con una religión que se fundamenta en la confianza en la palabra de Dios, es decir en la fe. Pero no adelantemos acontecimientos.


Razón y fe


Como hemos dicho antes, el cristianismo nace como una secta hebrea fundada por un pequeño grupo de pescadores y gentes del pueblo motivados en gran medida por un deseo de liberación del pueblo hebreo de la dominación romana. En esta etapa no es necesaria ninguna elaboración intelectual y mucho menos filosófica de la doctrina cristiana: muchos de sus seguidores, probablemente la mayoría, carecen de inquietudes intelectuales.
Pero el cristianismo comienza a extenderse y a penetrar en capas cada vez más cultas de la sociedad romana. La decadencia no sólo política y militar sino también moral del Imperio Romano produjo un vacío religioso que los antiguos dioses  (calcados de los viejos dioses griegos) no estaban  en condiciones de llenar. Y el cristianismo se presentaba con un mensaje espiritualmente potente, con respuestas que con el paso del tiempo fueron convirtiendo sus limitados orígenes políticos en una visión trascendente del mundo, capaz de predicar la salvación para todos los hombres, superando así su origen judío.
Pablo apóstolEs importante en este sentido la obra de San Pablo, el último de los apóstoles y a quien algunos consideran el verdadero fundador del cristianismo, que superó los estrechos límites del pueblo hebreo predicando la doctrina cristiana como religión universal.
El caso es que amplios sectores del Imperio Romano abrazaron el cristianismo, pese a las feroces persecuciones que debieron sufrir en los primeros siglos. Y ya en el siglo IV el emperador Constantino concede a la religión cristiana el derecho de predicar libremente su doctrina y poco más tarde (en el año 385) el cristianismo se convierte en la religión oficial del Imperio por obra del emperador Teodosio, que decreta penas civiles contra los herejes.
Esta implantación del cristianismo en la estructura oficial del Imperio Romano trae consigo la necesidad de una reflexión intelectual acerca del mensaje religioso, para defender la fe cristiana de las objeciones de la filosofía pagana y situarla al nivel de los pensadores de la época. Esa tarea la asumen los llamados “Padres de la Iglesia”, que forman una corriente de pensamiento denominada “la Patrística”, que se extiende hasta pasado el siglo VII  con autores como San Cipriano, San Gregorio Nacianceno, San Juan Crisóstomo, Tertuliano, Orígenes y otros.
Todos ellos van a enfrentarse a un mismo problema: conciliar la fe cristiana con el pensamiento filosófico. Porque cuando se hace necesaria esa reflexión intelectual acerca de los contenidos de la nueva religión, los pensadores cristianos no tienen otra fuente de reflexión teórica que los viejos filósofos griegos. En especial el pensamiento de Platón, que no es un pensamiento religioso pero se adapta muy bien a la religión,  va a ser “bautizado” por los Padres de la Iglesia, adaptando la filosofía platónica al mensaje cristiano.

De este modo la Filosofía, sin dejar de serlo,  se convierte en Teología, es decir en una reflexión intelectual acerca de los datos que proporciona la fe, la revelación divina.
Pero esta síntesis no se hará sin conflictos: la Filosofía se basaba tradicionalmente en la razón humana, mientras que la fe proviene de la aceptación por parte del hombre de un mensaje de origen divino,  que por lo tanto no está al alcance de las fuerzas intelectuales del ser humano ni puede ser puesto en duda por él. Recordemos la diferencia entre el concepto griego y el hebreo de verdad.
Tertuliano

De ahí que los teólogos ensayen  distintas maneras de relacionar estas dos fuentes. Como una forma extrema de esta relación podemos mencionar la postura de Tertuliano, quien afirmaba la primacía absoluta de la fe, hasta el punto de proclamar su conocida consigna: “creo porque es absurdo”. Es decir: si lo que me dice la fe le parece absurdo a mi pobre razón humana es señal de que estoy en el buen camino, ya que la sabiduría de Dios es incomprensible para el hombre.
Más adelante habrá autores que sostengan la teoría de la “doble verdad”: la razón y la fe son fuentes independientes de conocimiento, de tal manera que lo que es verdadero para una de ellas no debe necesariamente serlo para la otra, llegando a la posibilidad de que sus respectivas verdades sean contradictorias entre sí. Sin llegar a estos extremos, vamos a ver dos tipos de relación entre razón y fe en dos de los pensadores cristianos más importantes de la Edad Media, uno de ellos situado al comienzo de esta época histórica (San Agustín) y el otro hacia el final (Santo Tomás). Pero antes conviene echar un vistazo a los cambios sociales y políticos que se están produciendo en Occidente por aquel entonces.

Menú