Archive for octubre 2010

¿No te ha sonado el despertador? Seguro que no lo pusiste anoche. Ay, Dios mío, tengo que estar siempre en todo. Levántate, no te hagas el remolón. Mientras te caliento la leche, ves a ducharte. ¡No andes descalzo, por favor! Cuántas veces te he dicho que el suelo está frío y luego te constipas. No dejes la toalla en el suelo después de la ducha. Tira de la cadena después de ir al lavabo. Ya tienes el café con leche como te gusta. Por favor, acaba de vestirte ya, es muy tarde. ¿Te hago el nudo de la corbata?  La última vez que te limpio los zapatos, ay, es que madre no hay más que una. Ahora no es momento de entretenerse con los jueguecitos de la agenda electrónica. No te manches, que te conozco. ¿Has mirado si lo has metido todo en la cartera? Ay, hijo mío, si no estuviese encima de ti… Toma un pañuelo, suénate. ¿Te llevo en mi coche? Claro, el tuyo no tiene gasolina, como siempre. Por cierto, te he puesto macarrones para comer, sólo tienes que calentarlos. Llamó ayer tu novia y me tuvo una hora al teléfono, dice que no le tienes atenciones, que solo la llamas cuando te quieres acostar con ella. Eso tampoco es. Yo me la puedo llevar de compras alguna tarde pero haz el favor de estar más por ella. Hoy iré al mercadillo, ¿te compro calzoncillos? ¿Boxers, verdad? El color te da igual. ¡Qué hombre! Ah, antes de que se me olvide, llama a tu abuela, es su cumpleaños, el regalo ya lo llevas en esa bolsa roja que te puse en el bolsillo derecho de tu cartera. No le hagas ninguna broma de las tuyas. Adiós, que tengas un buen día. Si tienes algún problema, me llamas, ¿de acuerdo? Que no te tenga que llamar a ti, que siempre me haces igual. Un beso. Jo, siempre te lo tengo que dar yo, tú nada más que poner la cara.

(Monólogo de una madre con su hijo de 30 años a las ocho de la mañana de un día cualquiera)

¿Cuándo empezamos a trabajar la responsabilidad? ¡Sólo tengo ocho años! ¡Sólo tengo nueve años! Y así, creciendo creciendo llegamos al épico, ¡sólo tengo treinta años! Por qué sobreprotegemos a nuestros hijos? Los hábitos son ejercicios de larga duración, se requieren camiones de paciencia cuando los cachorrillos no responden a nuestras demandas. Puede ser más práctico vestir al niño que esperar que se uniforme de motu propio. ¡La última vez! Ellos, más listos que el hambre saben que la advertencia no es inamovible. ¡Hay que resistir! ¡Dobleguemos las tentaciones! Aunque sea con ligueros de púas es preferible que llegue tarde al colegio que se ponga la faldilla del revés o que vaya por el mundo despeinado. Y lo mismo con las cosas del cole. Los deberes son su responsabilidad, el estudio también. ¿Y si suspende? Recuperará. ¿Y si no lo hace? Volverá a suspender. Un suspenso en Sociales es más fácil de remediar que uno en Responsabilidad. Cuando perdemos la batalla el niño se convierte en una máquina peligrosa, dirige las vidas de todos los que están a su lado, por los siglos de los siglos.

“Quiero que no le falte de nada, que tenga lo que yo no tuve”. La espichamos. Nuestros adolescentes tienen tiranías muy fuertes, no pueden vivir sin su play station, sin sus bambas Adidas y sin su dinerito en el bolsillo. ¿Cómo afrontarán los cambios que impone la crisis? Desde el trono del emperador, que les importe un pepino si su padre está en el paro pero que no les falte saldo en el móvil. Desde la responsabilidad, si hay que arrimar el hombro pues se arrima.

No vale el comodín de la sociedad. Un padre me susurra al final de una reunión: yo le prohibiría irse a dormir a las tantas pero al día siguiente llega a clase y lo marginan por no haber visto el capítulo de la serie de moda. ¡Pobreticos! ¡No crearemos semejante trauma a nuestros churumbeles! Nada, nada, que lleguen con ojeras a la clase de las ocho pero que no sean unos parias sociales.

Me dice una madre: No sabes cómo se pone si no le compro los cromos. Se vuelve como loco. Ya está, los reyezuelos de la casa castigan a sus progenitores con el enfado, con la mala educación o con la locura. Papaítos y mamaítas, tendremos que aguantar el tirón. ¿Qué pasó en tres generaciones? ¿Cómo unos padres educados en la férrea disciplina permiten tamaño libertinaje a sus hijos?

Tendremos que cambiar, ponernos las pilas, como sociedad y como individualidad empezar a reformar nuestro sistema de creencias. Por un hijo, daría la vida. La heroica frase, cargada de buenas intenciones, puede ser muy traicionera. Dar la vida se debería traducir como mantenerse firme en unos principios de sensatez que busquen la responsabilidad de nuestros hijos.

Como sigamos produciendo generaciones de irresponsables serán más peligrosos para el planeta que el agujero de la capa de ozono.

Los lunes el instituto es un hervidero. Los adolescentes cruzan sus espadas, los equipos de sus amores. Los goles, las polémicas, las declaraciones, las jugadas curiosas. Todo se disecciona como en un laboratorio. Si a primera hora hablamos de Platón puede que se duerman las ovejas, pero si sacamos a la palestra a Cristiano Ronaldo o Messi, la clase se reactiva y una energía hasta entonces aletargada emerge como furia de titanes. Yo me sumo, la verdad, desde pequeñito he tenido pasión (sí, sí, ésta es la palabra clave del escrito) por ese juego absurdo en el que veintidós pazguatos persiguen una pelota con el objetivo más absurdo todavía de encajarla en una portería (la contraria se supone). De pequeño lloraba desconsolado cuando perdía mi Espanyol (o sea, me harté de llorar como una magdalena), es una adscripción irracional, sin más motivos que una camiseta que mi padre me regaló por azar de bien pequeñito. El punto excéntrico que tengo me ha llevado a dejar encargado a mis hijas que cuando muera esparzan mis cenizas en un córner del nuevo estadio de Cornellá. El futbol es un generador de emociones, el futbol motiva a nuestros adolescentes, y digo yo, ¿por qué no lo explotamos? ¿Una tutoría de futbol? Yo empezaría por dos hechos que pueden dar mucho juego.

Este verano todo el país se paralizó para ver la final de Mundial. Un servidor, cosas del destino, estaba solito delante de un televisor en la lejana Orlando, en el paraíso de Tío Sam. Me dejé la mitad de mis uñas en el partidito de marras. Desde el mes de mayo taladraba a todo bicho viviente de que ganaríamos el Mundial, estaba a un paso de convertirme en un oráculo de prestigio, yo predije mucho antes que el pulpo alemán. Las estadísticas no ayudaban mi tesis pero yo me mantuve erre que erre en mis predicciones. No aposté por España por su calidad futbolística, que la tenía, había cinco o seis selecciones de nivel parejo y la pelotita puede entrar o no. En una competición tan larga (entre concentración y partidos) hay factores extradeportivos decisivos y aquí deposité toda mi confianza. Mi factor desestabilizante era la calidad humana de los integrantes de la Roja, incluido su entrenador. Vuelvo a la final, sufrimos, no vamos a negarlo. Los holandeses nos apretaron las tuercas en la segunda parte, nosotros también tuvimos nuestras opciones. La prórroga, qué sinvivir. El pequeñito Iniesta empalmó con rabia una pelota al borde del área y…¡el delirio! Yo, en la otra parte del mundo, salté y chillé como un poseso, pero por un segundo se me heló la sangre. ¡Jarque! Iniesta se había arremangado su camiseta y llevaba escrito un mensaje escueto pero que me arrancó las lágrimas de cuajo. “Siempre con nosotros”. Militaban en equipos rivales, lucharon encarnizadamente en los terrenos de juego pero luego supieron mantener una amistad por encima de los mandatos de la prensa y las aficiones. Se me pone la piel de gallina cuando imagino al manchego escribiendo en la camiseta, homenaje a su compañero/rival fallecido por una ataque de corazón casi un año antes. El gesto trasciende a los títulos y los titulares, los patriotismos y los flashes. Dos gigantes se unieron desde el cielo y la tierra, lejos de las estrellas mediáticas, dos chavales de barrio hicieron el circo tremendamente humano.

Pero las lecciones de futbol no acaban aquí. La selección recibió recientemente el premio Príncipe de Asturias. Días antes saltaron las polémicas sobre los jugadores que asistirían a recibirlo. Que si Guardiola y Mourinho no dejaban ir a sus figuras porque había jornada ese finde y tenían que estar concentrados. Que si patatín y que si patatán. Alguien se saltó el protocolo de la ceremonia. Vicente Del Bosque, el entrenador tranquilo y sensato, antes de iniciar su discurso, buscó al anterior seleccionador, Luis Aragonés, para que compartiera la gloria con sus jugadores. Una lección de gran calado. El primer partido del mundial, contra todo pronóstico, la favorita España perdió con la modesta Suiza, 1-0. Los agoreros salieron de sus madrigueras. Luis no se puedo abstraer a la polémica y también criticó la táctica de Del Bosque. Los periodistas quisieron sacar petróleo. Del Bosque no respondió. Sí, lo hizo el pasado viernes en Oviedo en el teatro Campoamor. Una gran lección de respeto.

Tal vez que reduzcamos el tiempo que dedicamos a Platón para compartirlo con Iniesta y Del Bosque.

El abogado entra en los juzgados oliendo a colonia cara. Saluda efusivamente a todo el personal subalterno. Revisa el caso mientras se toma un café. Su auxiliar, vestida impecablemente, pelo recién salido de la peluquería y sonrisa de quita y pon, adiestra al cliente. Lo asesora, le diseña las respuestas, le explica qué les gusta a los jueces y qué no, le da los últimos retoques para que su mentira se esconda en los sótanos. El abogado pasea chulesco por la sala de espera, desafía con la mirada al enemigo, se siente seguro, forma parte de un bufete de prestigio y éste no es más que un caso menor, pocos euros. Gris.

La abogada no ha podido dormir. La abogada ordena nerviosa todos los papeles de la defensa de su clienta, no quiere olvidarse nada. La abogada habla más deprisa de lo normal, quiere controlarlo todo, tiene miedo. En el universo judicial los sentimientos están mal vistos, sólo las pruebas, aunque falsas, pero pruebas. En la sala de espera, la abogada recomienda un libro a su clienta, comparte con ella la tensa espera. Mientras, la procuradora, ataviada con una anacrónica toga negra, llama a la pediatra para preguntar qué tiene que hacer con los moquitos de su hija recién nacida. En antros oscuros es posible que nazca la ternura. Rojo.

La juez es consciente de su responsabilidad. Recibe las dos corrientes de energía nada más entrar en la sala. La gris y la roja. El abogado quiere realizarse, habla engolado, hueco,  la juez le corta de raíz, dice querer escuchar a los protagonistas. Fuera intermediarios. Se salta las programaciones y anuncia que su objetivo es llegar a acuerdos. ¡Mediación! La parte gris se desorienta, no sabe improvisar, le quitan el libreto y naufraga. La parte roja, guiada por la libertad que necesita, tiene todas las respuestas en regla y su voz tiene una fuerza impresionante. El abogado intenta recuperar su protagonismo, la juez no cede. No procede. La abogada gesticula, apostilla la veracidad de los planteamientos de su cliente, de la persona a la que representa. La juez administra justicia y sentencia: Más vale un mal acuerdo, que un buen pleito. El rojo golea al gris.

La letrada se apasiona en el juicio, gesticula cuando el adversario miente, no es solo una estrategia es una posición ante la vida. La abogada celebra alborozada la victoria de la verdad de la persona a la que defendía. La abogada siente en su carne todavía sudorosa por la tensión la satisfacción del trabajo bien hecho. Esta noche, cuando abrace a su hija y le dé el beso de buenas noches, se sentirá orgullosa de la profesión que ejerce, ayudar a las personas, también clientes, a que la justicia se quite la venda de una vez e incline la balanza hacia los que la merecen.

Tres profesores rojos asisten a la escena en un juzgado, muy lejano a sus aulas, a su hábitat natural, es un curso acelerado sobre la necesidad de inundar de rojo todos los ámbitos de la sociedad. Se reafirman en la lucha, en los postulados educativos que combaten la asepsia del gris y que claman por la implicación del profesor en su tarea innegociable de luchar por conseguir la libertad de los alumnos que el Universo le encomendó.

Visto para sentencia.

 

Hoy tenía clase de Educación Emocional y quise comenzarla, obviamente contradiciendo toda programación (me rindo, entono el mea culpa, no pude programar lo que se publicaría hoy en La Vanguardia), con una entrevista a Claudia Maccioni (ver en http://www.educahistoria.com/metamorfosis/). No es una estrella mediática, ni modelo, ni una cantante supersexy, mis alumnos fallaron en sus pronósticos. Es una fotógrafa, mujer que padeció el año pasado un cáncer de mama. El silencio era premonitorio, se acomodaron y escucharon respetuosamente a la compañera que leía la entrevista en voz alta. La vida les interesa, los sentimientos que nos mueven también. Yo interrumpía para explicar las frases clave.

El cáncer de mama era para mí lo que podía pasarle a otras. Vivimos en la INCONSCIENCIA, la rutina nos sumerge en una realidad ficticia, nos zarandean  los eventos negativos pero queremos seguir aferrados a las SEGURIDADES. Una actitud habitual es no creer que nos pueda suceder a nosotros, nos RESISTIMOS, no es más que un mal sueño.

Estaba asustada pero segura de que lo superaría. La importancia de las CREENCIAS, delante de la dificultad se abren solo dos posibilidades: PARÁLISIS (lamentarse, victimizarse…) y ACCIÓN (rebuscar creencias positivas que rompan las limitaciones mentales).

No aplacé mi vida por el cáncer. En los momentos álgidos de nuestra existencia experimentamos ataques de CLARIVIDENCIA. No somos eternos, no podemos perder aquello que tiene más valor. Como dice Caballero Bonald: “somos el tiempo que nos queda”. No podemos FOCALIZARLO todo sobre nuestras carencias, el cáncer es una circunstancia y la vida es inaplazable, sigue fluyendo.

Mi novio me dio ánimos, me ayudó a remontar. Él lo ha sido todo, soy afortunada, cuánta gente que me quiere a mí alrededor. Estos adolescentes, desorientados por el proceso de cambio personal en el que están inmersos, necesitan confrontarse, buscar límites. Eso les hace también ariscos ante el cariño de sus padres o de personas que les quieren. Suelen estar en guardia, como peleados con el mundo. Las dificultades nos hacen VULNERABLES, la piel es más fina y necesitamos que alguien nos abrace o nos aliente.

Ya no me agobio por bobadas. Aquí les hablo de la teoría de la RELATIVIDAD. La escala de valores de cada persona se modifica por los avatares de la vida. Los adolescentes tienen la suya, muchas veces tamizada por la comodidad. Conocer otras realidades crea nuevos baremos.

Hoy ya sé que puedo con todo, me ha subido la autoestima. Claudia superó su objetivo personal y eso le dio un “chute” de confianza en ella misma. Explico a mis alumnos de la importancia de MARCARSE OBJETIVOS asumibles a la vida y conseguirlos. Un adolescente sin objetivos vitales es presa fácil de la abulia más profunda.

¿Y si el cáncer volviese? La pregunta es peliaguda. No hay más que una respuesta. Volver a enfrentarlo. La respuesta me conecta con otra realidad parecida. Un matrimonio amigo padeció hace cinco años una tragedia de las más fuertes que se pueden vivir, enterrar a un hijo. Les quedaba una hija menor sobre la que volcaron todo su cariño y también sus miedos. A medida que se acercaba a la edad en la que su hermano falleció sus padres eran presos del más feroz de los temores, que la muerte les arrancase también a su única hija. ¿Qué haremos si muere también nuestra hija? La madre se repetía esa pregunta una y otra vez. Después de un profundo trabajo con creencias este verano, en una deliciosa velada, con los sentimientos a flor de piel, me respondió la inquietante pregunta. Enterrarla igual que a mi hijo, volver a sufrir y volver a superarlo.

La receta final de Claudia no tiene desperdicio: LUCHA, CONFÍA, ÁNIMO ALTO, CALMA, NO PIENSES LO PEOR, VIVE CADA MINUTO.

La clase se interrumpe por sorpresa, la sirena que anuncia el inicio del simulacro de evacuación. En el fondo esta clase ha sido eso, irnos preparando todos para la vida, donde el fuego es de verdad.

 

 Día internacional

 Hoy es el día internacional del Cáncer de Mama. Buen día para escuchar a una afectada como Claudia, que todo el año pasado lo vivió sumida en sesiones de quimioterapia, análisis y una cirugía. Con gran presencia de ánimo, decidió plasmarlo haciéndose fotos cada día: ahora las publica en Claudia. Un año de mi vida,libro cuyos beneficios cede a la Fundación FERO, del doctor Baselga (director del servicio de oncología del hospital Quirón Barcelona – Instituto Oncológico Baselga-),que la trató. Contando su historia, Claudia (www. claudiamaccioni. com), de aspecto frágil y ánimo férreo, ayuda con su relato a otros pacientes (experiencias. ghq@ quiron. es) a seguir vinculados a la vida.

LA VANGUARDIA .VÍCTOR-M. AMELA  - 19/10/2010

Tengo 28 años. Nací y vivo en Barcelona. Soy fotógrafa. Vivo en pareja desde hace nueve años con Stefan, mi novio. No tenemos hijos. No me identifico con ningún partido político ni con ninguna religión. Hacerme una foto cada día me dio ánimos para superar mi enfermedad

¿Qué era un cáncer de mama para usted? 

Lo que podía pasarle a otras.

Hasta que…

A los 19 años me extirparon un fibroadenoma, bultito sin importancia. Un tiempo después noté otro y pasé años sin consultar. ¡Hoy me avergüenzo! En una visita a mi ginecóloga, se alarmó y me envió al ecógrafo.

Y…

Me confesó que tenía mala pinta y me envió a una mamografía, tras la que los médicos me convocaron así: “Mañana te damos el resultado: no vengas sola”.

¿Con quién fue?

Con mi novio, Stefan. Tres médicos empezaron a explicarme lo que me harían durante un año: quimioterapia, cirugía, radioterapia… No pronunciaban la palabra cáncer…

¿Lo hubiese preferido?

Me hubiese dado igual… ¡Todo aquello me parecía como ver una película, como si no fuese conmigo! “¿Quieres preguntar algo?”, oía. Y yo sólo quería irme a mi casa.

¿Y en qué estado llegó a su casa?

Asustada, pero segura de que lo superaría.

¿De dónde sacó esa convicción?

No sé, pero así fue, y decidí que me fotografiaría a mí misma durante todo el proceso.

¿Para qué fotografiarse?

Soy fotógrafa y quise seguir con mi vida durante la enfermedad, no aplazar la vida para después de la operación. Quise vivir cada día de mi cáncer, sacar lo bueno.

¿Y lo logró?

Me fotografié cada día, desde el que me rapé la cabeza hasta después de la operación, con la cicatriz del pecho vista en el espejo.

¿Fue duro?

Fue terapéutico: este propósito me daba un motivo cada mañana para moverme, actuar, era una ilusión personal que me impulsaba.

¿Cómo se hacía las fotos?

Son autorretratos hechos en casa, buscando encuadres interesantes, mediante disparador a distancia o automático. A veces preparaba la foto y mi novio disparaba.

¿Cómo se veía?

Rara. Mi cuerpo iba cambiando cada día, se hinchaba, palidecía… Son fotos sinceras.

¿Cuál es su foto favorita?

Esta, sentada en el suelo en un rincón, con la cabeza rapada. Me animaron a hacerme una peluca…, pero al final no la usé.

¿Por qué no?

Con ella me sentía falsa, mentirosa, como ocultando algo. ¿Debía avergonzarme, era acaso culpable de estar enferma? ¡No! Y con la peluca, no era yo. Me puse un pañuelo.

¿Cuándo se cae el cabello?

A los quince días de la primera quimioterapia. Las sesiones duraron seis meses.

¿Con qué otros efectos?

Los dos días siguientes, debilidad, dolor de cabeza, estornudos, un regusto metálico en la boca, como si chupases una moneda…

¿Qué día fue el más duro?

Sólo un día pensé en la muerte: rastreé por internet aspectos del cáncer de mama…, y me hundí. Mi novio estaba fuera, le llamé llorando… Me dio ánimos, me ayudó a remontar, como siempre. Él lo ha sido todo, soy afortunada. Y no volví a mirar internet.

¿Cómo vivían esto sus seres queridos?

A las personas que más me importan les expliqué yo misma… Mis padres mantuvieron el tipo ante mí. Convoqué a mis dos mejores amigas: empezaron asustadísimas… ¡y acabamos yéndonos a cenar a un restaurante que me gusta, riendo toda la noche!

¿Cuánto duró todo el proceso?

El diagnóstico fue en febrero del 2009, siguió la quimioterapia, la operación a finales de septiembre, y radioterapia hasta finales de diciembre.

¿En qué era diferente la Claudia de diciembre de la de febrero?

¡Era otra! Soy otra. Ya sé lo que es importante: vivir día a día, ser animosa, tener amigos. Hoy me siento en deuda con todos. ¡Me he sentido tan arropada! Soy afortunada, cuánta gente que me quiere tengo alrededor…

¿Siente gratitud?

Pienso más en los demás: me interesa de veras lo que le pasa a todo el mundo. Y ya no me agobio por bobadas: ¡tengo salud y amigos, es lo más! Me siento mejor que nunca.

¿Más fuerte?

¡Sí! Superar un año como ese me ha dado autoestima: nunca lo hubiese imaginado antes, pero hoy sé que yo puedo con todo.

¿Y no le traumatizaba pensar que perdería un pecho?

No: ¡yo luchaba por mi vida! Me lo dijo desde el primer día el doctor Baselga: “Ahora te toca luchar por tu vida”. ¿Hay algo más importante que eso?

¿Cómo fue la operación?

Extirparon el tumor salvándome el pecho, sólo quedó una cicatriz. Ahora debo tomar una pastilla diaria durante cinco años: frena la actividad de los ovarios, para impedir así la reproducción de tumores.

¿Podrá ser madre?

Pasados estos cinco años, me aseguran que sí. ¡Me encantaría!

¿Cómo le ha quedado el pecho?

Una cicatriz en la axila, y otra en la mama. No me molesta: ¡me gusta mirarla! Me recuerda lo que he vivido y la suerte que tengo. O sea, que ¡yo no quiero olvidar nada!

¿Qué aconsejaría a una mujer con un cáncer de mama?

Lucha. Confía. Ánimoalto. Calma. No pienses en lo peor. Y vive cada minuto.

¿Y si el cáncer volviese?

Volveré a enfrentarlo.

 “El Jordi es como el mecanico i nosotros somos el cotxe que asta que el mecanico ni diga nada no podemos sacar el cotxe asta que no lo diga el mecanico”.                                                                                                                                                                                                                                                          (Steven Holguín)

Sólo son cuatro líneas en un folio arrugado.  Su autor es un rocoso muchachote de dieciséis años, en sus enjutos ojos negros noto la rabia contenida. El primer día de clase me golpeó con la dureza de su mirada y me advirtió entre risueño y bravucón: “Jordi, vete con cuidado porque yo te la liaré”. No me arredré, donde las dan las toman, creí oportuno dejar el lenguaje ortodoxo y políticamente correcto del profesor gris y dejarme llevar por el instinto barriobajero y garrulo del profesor rojo: “No ha nacido todavía el que me la líe a mí”. Le sorprendí, no pudo ocultar una media sonrisa aunque luego la borró para que no pudiese descubrir que detrás de la fiera había un gatito manso.

No necesito ser un experto en gramática ni en ortografía para comprender que el sistema educativo está enfermo. Muy enfermo. Después de asistir a cientos de horas a clase, este muchachito no sabe expresar correctamente una idea. Tendré que descifrar lo que parece querer decir pero que no dice. En cuatro líneas queda al descubierto el gran engaño. Tal vez tendríamos que haber dejado de lado muchos conceptos inservibles para Steven y haberle enseñado a elaborar con claridad sus ideas para poderse relacionar por escrito con sus congéneres. Algo no va bien…

Steven era el líder natural de la clase, el más veterano y el más respetado, creo que influía su estética agresiva y su corpulencia. Mandaba callar a todos sus compañeros con una energía descomunal, luego, tan pancho, se ponía a platicar con su compañerito Mateo. Haced lo que yo digo pero no hagáis lo que yo hago. Como literato no tiene futuro, pero como político… Fue elegido subdelegado por detrás de Fabianita, una preciosidad de adolescente que con el ritmo ecuatoriano de su hablar podría encantar serpientes sin dificultad. Fabiana era la seducción y Steven la fuerza bruta. Ecuador dio un golpe de estado en el poder de la clase, no en vano, los venidos del país sudamericano eran mayoría en el censo.

No olvidaré con facilidad la sesión de tutoría donde procedimos al acto solemne de elección de delegados. El cargo no está recompensado. Muchos alumnos me han confesado que en primaria no eran más que los chivatos oficiales, cuando el profesor se ausentaba tenían que apuntar en el encerado a los compañeros revoltosos. Aumentaban o restaban la lista en función de la presión del apuntado. En secundaria siguen con su papel testimonial, eso explica que el cargo recaiga sorprendentemente (o no) sobre el más inadaptado, el que tiene menos luces o el que creen los cínicos compañeros que dará más juego en el enfrentamiento con los profes. Después de muchos años de apatía y aburrimiento, segundo B, la clase de Steven me ofreció un recital digno de reseñar. Una decena de voluntarios se ofrecieron para el puesto. Vista la afición con la que se tomaban el acto propuse que tuvieran un tiempo donde presentar el programa electoral a sus futuros votantes. Lejos de enviarme al carajo, los candidatos se arremangaron y se subieron al púlpito imaginario donde lanzaron emotivas diatribas cargadas de populismo para convencer a sus congéneres de sus proyectos (¿?) Surrealista, me refregaba los ojos por lo increíble de la situación. Flipante. Prometieron y prometieron como políticos al uso, y como ellos, a la que me descuidaba eran los primeros en incumplir su palabra.¡ Respetaremos a nuestros compañeros! Sí, a la que alguien les increpaba perdían los papeles cual opositores en el Parlamento y escupían sapos y culebras por las mismas bocas que hacía unos segundos defendían el respeto. Fabiana y Steven y los ínclitos candidatos habían aprendido (bastante mejor que las normas ortográficas) que a los profesores grises se les gana con las buenas intenciones y argumentos políticamente correctos, saben nuestros gustos, ¡qué cabritos! A lo largo del primer trimestre, en ataques de desesperación, delegada y subdelegado presentaron varias veces la dimisión, fuera por la incapacidad de defender lo indefendible o por estar hartos de unos compañeros que sólo les exigían y no colaboraban en nada. ¿Una réplica del mundo?

 Llevo muchas reuniones de padres de inicio de curso a mis espaldas. He toreado en varias plazas y he capeado el temporal con relativo éxito. Este año la plaza estaba a reventar, lleno absoluto, como siempre la organización había vendido más entradas y algunos padres tenían que asistir a la corrida de pie. El respetable son padres de Primero de ESO (ay, mi hijito o hijita entra en el insti, que no se la coman por favor…) de nivel sociocultural medio-alto. ¿Qué cómo lo sé? Uno que tiene el FBI a su disposición (no, el CESID lo dejo para los golpes de estado): vestuario, conversaciones, actitudes, preguntas, forma de escribir en la hoja de asistencia. En fin, el toro de este año era un Mihura. Las condiciones climatológicas eran muy adversas, a las siete de la tarde una tarde de setiembre no es normal que tengamos treinta grados. Me noto sudoroso y eso aumenta los nervios. Me concentro, ¡valor y al toro!  Inicio la faena con una bromita, un capotazo sin demasiado riesgo: Ahora mismo llamo a la directora a que conecte el aire acondicionado. El público sonríe sin demasiado entusiasmo pero el hielo se deshace en su capa más externa.

                Tengo un guión que seguir, yo, de naturaleza poco obediente, tengo tentaciones de quemarlo. Pero al final opto por hacerlo pero a velocidad estratosférica. Normas del instituto, función del tutor, excursiones, salidas, horarios, traje de gimnasia, alternativas a la religión y otras zarandajas. El público rezonga, se queja, quiere más entrega por parte del torero, alguna madre levanta la mano y pide aclaraciones, el diestro (yo) sigue capoteando banalidades a la espera del momento álgido de la corrida. Miro el reloj, veinte minutos de rollo patatero.  En ese momento se cambia de tercio. Aparece la directora con las banderillas, vestida de riguroso negro, dicen que el color elegancia, les anuncia a los padres que los ordenadores personales entran en el instituto y que seremos un foco de innovación de cágate lorito. El respetable, avezado en faenas de cara a la galería deduce con sapiencia que no es oro todo lo que reluce. Resumen, que las banderillas se quedan algo torcidas.

                Y llega la hora de la verdad. Porque, amigos, treinta padres y madres un miércoles a la hora del futbol o del Física o Química o del Perdidos, Salvados o Gran Hermano, requieren maestría y yo siento que si no me empleo a fondo con las chicuelinas, las verónicas y …y…la verdad es que no he ido en mi vida a una corrida de toros y no sé más pases. Me giro hacia la presidencia y montera en mano advierto a la plaza que ha llegado la hora de matar, sí, sí, hay que dar estocada a la víctima cuanto antes. ¿Cómo?¿Qué?¿A quién? Sí, un par de semanas de clase me han puesto sobre la pista, estos niños que entran como cachorrillos en el instituto tiene cero en responsabilidad. Están acostumbrados a que cuando fallan siempre hay una mano salvadora que los rescata. A que antes de que se estampen contra la pared, papá, mamá, o el profesorcito de turno, les avisan, por activa y por pasiva, reflexiva, recíproca y transitiva. Y ellos, se confían, y se confían… al final, pues guarrazo que te crió. Pero, ¿qué pasa cuando se la pegan? Arrinconados en su irresponsabilidad cambian la tortilla y señalan a todo quisqui como responsable de sus fracasos. Es que mis padres no me pusieron la sopa caliente. Es que entra poca luz en mi cuarto, el profe no me divierte lo suficiente, la culpa es del conserje me mira mal o de mis compañeros que me hacen perder el tiempo. Y cuando pasan un par de días mustios, los padres, controladores y egocéntricos, se apropian de la culpa del retoño. O sea, llamada al tutor para reconducir la situación, o los más descerebrados, al psicólogo para que ponga tochos sin cemento. Y los irresponsables se parten de risa mientras se frotan las manos manchadas de sangre de la víctima.

 ¿Matamos a la víctima?  No os engaño si digo que el respetable quedó mudo al final de mi faena, ni pitos, ni aplausos, el que más y el que menos se fue con las dudas a casa y cuando se duda, mal negocio.

El Médico de Familia inglés, Ronald Gibson, comenzó una conferencia sobre conflicto generacional, citando cuatro frases:

1) “Nuestra juventud gusta del lujo y es mal educada, no hace caso a las autoridades y no tiene el menor respeto por los de mayor edad. Nuestros hijos hoy son unos verdaderos tiranos. Ellos no se ponen de pie cuando una persona anciana entra. Responden a sus padres y son simplemente malos.”

2) “Ya no tengo ninguna esperanza en el futuro de nuestro país, si la juventud de hoy toma mañana el poder, porque esa juventud es insoportable, desenfrenada, simplemente horrible.”

3) “Nuestro mundo llegó a su punto crítico. Los hijos ya no escuchan a sus padres. El fin del mundo no puede estar muy lejos.”

4) “Esta juventud esta malograda hasta el fondo del corazón. Los jóvenes son malhechores y ociosos. Ellos jamás serán como la juventud de antes. La juventud de hoy no será capaz de mantener nuestra cultura.”

Después de enunciar las cuatro citas, el Doctor Gibson, observaba como gran parte de la concurrencia aprobaba cada una de las frases. Aguardó unos instantes a que se acallaran los murmullos de la gente comentando lo expresado y entonces reveló el origen de las frases, diciendo:

La primera frase es de Sócrates (470 – 399 A .C.);

La segunda es de Hesíodo ( 720 A .C.);

La tercera es de un sacerdote ( 2.000 A .C.);

La cuarta estaba escrita en un vaso de arcilla descubierto en las ruinas de Babilonia (actual Bagdad) y con más de 4.000 años de existencia;

Y ante la perplejidad de los asistentes, concluyó diciéndoles:

Señoras Madres y Señores Padres de familia:

RELÁJENSE, QUE LA COSA SIEMPRE HA SIDO ASÍ…

Dejo aquí, para nuestro esparcimiento espiritual en este bendito puente, unas reflexiones que aparecen en los Ensayos de Michel de Montaigne, escritos allá por el siglo XVI… No será que no ha llovido desde entonces, pero ¿han cambiado mucho las cosas en educación respecto de lo que nos cuenta Montaigne? Pasen y vean:

“Creo que es mejor decir que el mal proviene de su forma errónea de entender las ciencias; y que con esta manera de instruir, no es de extrañar que ni los discípulos ni los maestros se hagan más hábiles, aunque se hagan más doctos. En verdad que el cuidado y el gasto de nuestros padres apunta solo a atiborrarnos la cabeza de ciencia; del juicio y la virtud, ni palabra. Gritad al pueblo acerca de alguno: “¡Qué hombre más sabio!”. Y acerca de otro: “¡Qué hombre más bueno!”. No dejarán de fijarse con respeto en el primero. Sería preciso un tercer pregonero: “¡Qué papanatas!”. Desearíamos preguntar: “¿Sabe griego o latín?” ¿Escribe en verso o en prosa?”. Mas si se ha vuelto mejor o más avispado, eso es lo principal y duradero. Habríamos de preguntar cuál es mejor sabio y no más sabio.
Nos esforzamos por llenar la memoria y dejamos vacío el entendimiento y la conciencia. Así como los pájaros van a veces en busca del grano y lo llevan en el pico sin probarlo para alimentar con él a sus polluelos, así nuestros maestros picotean la ciencia en los libros poniéndosela en el borde de los labios solamente, para desembucharla sin más, lanzándola al viento.
(…) Guardamos las ideas y el saber de otros y nada más. Es menester hacerlos nuestros. (…) ¿De qué nos sirve tener la panza llena de carne si no la digerimos? ¿Si no se transforma en nosotros? ¿Si no nos aumenta la fortaleza?
Tanto nos apoyamos en los brazos de los demás que anulamos nuestras fuerzas. ¿Que quiero armarme contra el miedo a la muerte? Hágolo a expensas de Séneca. ¿Que quiero tener consuelo para mí o para otro? Tómolo de Cicerón. Tomaríalo de mí mismo si me hubieran enseñado a ello. Nada me guesta esta inteligencia relativa y mendigada.
(…) Si el alma no goza con ello de mejor salud, si no se tiene el juicio más sano, preferiría que mi discípulo se hubiese pasado el tiempo jugando a la pelota; al menos el cuerpo estaría más ágil. Miradle volver tras quince o dieciséis años de estudio: nada hay tan inútil para el trabajo. Lo único que ha ganado, por lo que podéis ver, es que el latín y el griego aprendidos hanle hecho más arrogante y vanidose de lo que era cuando se marchó de casa. Debería haber vuelto con el alma colmado, mas tráela solo abotagada; y no la ha sino hinchado, en lugar de engordarla.”

En La Contra de la Vanguardia del día 8 de octubre podemos leer la entrevista a JOSÉ HERMIDA, especialista en relaciones interpersonales.

Tengo 59 años. Nací en A Coruña y vivo en Madrid. Divorciado y con un hijo (19). El distanciamiento y la desconfianza entre políticos y ciudadanía es un abismo. Me parece un acto de soberbia decir si algo intangible existe o no existe, y pretender ser el portavoz es ya exceso

 

Sólo hay tres tipos de relaciones entre las personas: confrontación, colaboración o indiferencia. Fin. ¿Dónde está la magia?

 ¿En los matices?

En nuestra capacidad de comunicación verbal y no verbal para cambiar ese escenario. Si estamos ante un escenario de confrontación tal vez halla que pasar un mensaje persuasivo; y si quiero huir pero conservar la relación usaré un mensaje protocolario: “Tengo prisa; nos llamamos”.

Muy típico.

Mejor eso que “eres un pesado y no te aguanto más”. Yoamis alumnos suelo decirles: “Ojalá lleguemos a convertirnos en personas que no dicen lo que piensan”.

¿. ..?

Hay que pensar qué efecto van a causar nuestras palabras y si eso es lo que pretendemos. No hay que perder de vista para qué estamos hablando.

Nos gusta seducir al interlocutor.

Coger al otro por la solapa y empezar a agitarle diciéndole “¡ámame!” no funciona.

Bueno…, eso ya lo sabemos.

¡Y un cuerno!, la inmensa mayoría de la gente se muestra arrogante, agresiva o sumisa y no le pasa por la cabeza esto tan mágico de qué puedo ofrecer a esa persona.

Vale.

La primera ley de la seducción, sin la cual nada funciona, es: no lo des todo al principio. Y no hablo de sexo, si lo agotas todo, ¿qué interés tendrás la semana siguiente?…

¡Es que si no te da para dos semanas!

Has de dejar de pensar en ti y pensar en la otra persona. Sorprenderla cada día.

¿Y cómo se seduce sin palabras?

Se trata de identificar el escenario: si alguien aparta la mirada cuando le hablas, te interrumpe, mira la hora, lo más probable es que el escenario sea de confrontación o de indiferencia tensa; sabiéndolo, puedes rebelarte ante todo tipo de dominación.

Cuénteme eso.

Póngase de pie. Tenga.

¡Vaya!

Hacerle sostener algo mío sin pedirle permiso es una actitud de dominación. Nuestro cuerpo es un semáforo, un emisor de señales. Cuando ligamos, ¿se ha fijado en que hay un momento en el que no se habla y se está bien?… Es porque nos hemos estado emitiendo señales en un escenario de colaboración. Movimientos lentos (no tengo ningún tipo de nervios); lanzar una sonrisa sosteniendo la mirada (estoy a gusto contigo).

La mirada está llena de códigos.

Sí. Como no tengo confianza con usted, le miro entre los extremos de los arcos ciliares y la punta de la nariz; pero no en la boca, ni del cuello para abajo, ni insistentemente a los ojos. Así le estoy diciendo que me interesa pero la respeto. Lo percibe, supongo.

Sí.

Sin embargo, si quiero agredirla le miraré la boca, la repasaré descaradamente y usted dirá: este es un imbécil. ¿Por qué? Porque la he invadido. Aparte de la connotación sexual, la boca es el túnel a una cantidad de vísceras increíble, es algo íntimo.

Hay quien te habla y no te mira.

Dominación. El macho alfa es un personaje habitual en las oficinas, ese que también te mete la bronca delante de la gente.

Conozco.

En el momento en que tu frente brille, los hombros suban (porque ocultamos las zonas vitales), estás perdido. No olvide que somos seres humanos desde ayer por la tarde.

¿Cómo pararle los pies?

La primera señal que debo emitir es “a mí no me impresionas pero estoy dispuesto a colaborar si te portas bien”. Esto significa que mis hombros tienen que estar caídos y que no estaré rígido, por eso tendré descompensado el cuerpo. Le miro, pero no directamente a los ojos, es decir, le respeto y exijo el mismo respeto.

¿Y si se pasa de rosca?

Técnicas más específicas, por ejemplo, a los aznares que te dan la mano sin mirarte, yo se la pongo cerca pero no se la doy, entonces te miran y te encuentran sonriente… ¡Ya es tuyo!: has cambiado el escenario.

También están los que te dan golpecitos cuando hablan.

En la sociedad occidental la mujer tiene derecho a tocar más que los hombres (podéis quitarnos una miga del jersey). Y tenéis derecho a mirar durante más rato, inspeccionar. A nosotros nos resulta antipático ese comportamiento porque son señales femeninas destinadas a un público femenino y a nosotros nos gusta que nos vean machos.

Hablamos sin palabras.

Sí, con esas que suprimimos después de una coma. Por ejemplo: “¡Pero pregunta ya, (pesada)!”. Esa palabra no dicha se escucha, la emitimos con el semáforo. La clave está en observar para cambiar el frame (marco).

Cuénteme.

En las parejas, por ejemplo, con tan sólo un par de gestos uno puede hacer cambiar la franja de colaboración a la de indiferencia; de hecho se usa mucho para mantener el interés del otro. Los que cambian los escenarios lideran las relaciones humanas.

¿Y si quiero oyentes entregados?

En una conferencia la gente escucha unos cinco minutos, luego se evade. Lo primero es captar la atención y lo segundo estimular el interés, lo que sólo sucederá si lo que dice les propone un beneficio o les evita un problema. Las explicaciones déjelas para el final. Pero lo esencial para que te escuchen es que tú hayas escuchado primero.

 
 

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viernes, 08 de octubre de 2010
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“Primera ley de la seducción: no lo des todo al principio”
Poder
 

Ya de niño se preguntaba por qué unos mandaban y otros obedecían, cuál era el argumento de esa obra de teatro de dominación y sumisión, quería conocer las reglas. Hoy imparte habilidades de comunicación interpersonal en el Instituto Nacional de la Administración Pública y tiene una extensa obra publicada sobre el tema. En su último libro, Hablar sin palabras (Temas de Hoy), explica cómo dominar todas las situaciones a través de los gestos. Si tu interlocutor se toca la cara es que está atento, si se toca la proximidad de la boca hay algo de reserva, si es la nariz: miente. “No tener prejuicios y percibir los cambios que se están produciendo en la comunicación no verbal es poder”