Soy lo que transmito. Entras en clase y tienes a unos 25 chavales mirándote y pensando : a ver qué pasa hoy. Entro con una sonrisa (confieso que suelo llevarla siempre puesta…), los alumnos me miran y se ríen también, me dicen eso de: ¡qué pasa profe! Y claro, a mí me sube el ánimo y hacemos de la clase una obra de arte, y se lo debo a ellos….a nuestra empatía, no es nada nuevo.
La energía fluye, hay interacción, hay contacto visual, hay risas, hay dudas (¡qué bueno es dudar!) en definitiva, hay armonía. Y ahora viene lo mejor, quizás solo hemos hecho un par de ejercicios, pero ¡vaya par de ejercicios! ¡Insuperables! Y entonces pienso: qué bueno, qué suerte tengo de ser profesora. Antes olvidaba por qué escogí educar entre todo el abanico laboral: odio corregir, odio las reuniones absurdas de evaluación donde sólo se critica a los “no estudiantes”, odio los claustros inútiles, odio trabajar con gente que cree que el futuro en manos de estos chicos será una mierda, odio que etiqueten a los alumnos…lo odio. Pero no, ya no olvido la verdadera razón de mi elección. Me gusta el contacto con mis alumnos, me gusta escucharles porque aprendo de ellos cada día, me gusta explicar cuando tienen dudas, me encantan esas risas y esa ingenuidad de muchos de ellos, me encantan sus errores porque entonces soy yo la protagonista, me gusta cuando confiesan cosas, cuando me piden consejo, me gusta enseñar y educar, de eso no hay duda. Y lo mejor, es que hay muchos como yo, como nosotros, que creemos en lo que hacemos, que tenemos fe…qué palabra tan singular en estos tiempos que corren… tener fe, atreverse a dibujar el camino con cada paso que damos para crear algo mejor de lo que tenemos ahora en las aulas. Tener fe y creer en uno mismo, y sobre todo, en nuestros alumnos. Y observar desde la distancia como se tambalean y se equivocan y ayudarles a rectificar, porque eso es educar ¿se nos había olvidado?
Archive for diciembre 2010
Leí la frase en una hoja desteñida por la grasa que circulaba sin control en el ambiente de aquel bar esquinero entre cutre y filosófico. Me volteó, no hubiera apostado un céntimo a que en aquel tugurio pudiera encontrarse semejante joya de la corona. Entre bocatas de jamón y cañas de cerveza uno no espera que brote el pensamiento selecto. Uno está acostumbrado a exabruptos, discusiones futboleras de baja calaña y tópicos políticos, siempre los mismos. Disimulando su trascendencia, humilde pero orgullosa de su propia potencia, la hoja me llamó por mi nombre y me exigió rendición. Sin dudar, acepté, no sin antes compartirla con mi compañera. Grandes tragedias de la historia, poemas excelsos y sesudos ensayos no son más que extensión innecesaria del mensaje que apresaba aquella hoja.
TODO SE RESUME EN QUE QUEREMOS QUE NOS QUIERAN.
Estoy preocupado, tengo dos adolescentes féminas en edad de merecer. En edad de enamorarse, de apasionarse, de flirtear con el sexo contrario o con el propio, que en eso no me meto. Lejos estoy del padre espantanovios que implanta cinturones de castidad mentales en sus retoños para que ningún salido se atreva a profanar templos virginales que fueron reservados a galanes acorde con el cerrajero que los instaló. Pues no, ese no soy yo. Me gustaría que experimentasen, que sintiesen, que la lava quemase su corazón, que las humedades venciesen a las sequías. Pero proclamo de nuevo que estoy preocupado. El rufián que entorpece mis sueños tiene nombre y apellido: BANALIDAD.
No apruebo la trivialidad con la que se acercan estas adolescentes mías y las/ los que no lo son a las cosas del querer. No es cuestión baladí, no. Queremos que nos quieran pero nunca a costa de perder el sentido de quererme más yo. Queremos que nos quieran como nosotros queremos, no queremos que nos impongan la forma de querer, ni que nos fuercen a querer si no queremos querer, ni tenemos que querer por querer o porque no podemos vivir sin un querer aunque ese querer no tenga nada de querer.
Una adolescente escribe en el Facebook con total banalidad: Estoy en una relación. Me muero y me requetemuero. Amigas, conocidas y fisgones en general comienzan una retahíla de sandeces que espanta. A los dos días la misma adolescente cuelga el cartel de Estoy soltera. Miles de condolencias y paños calientes. A los tres días vuelve a estar en otra relación. Era broma. A los cinco, otra que mantiene con un chico al que no conoce en directo pero que está más bueno que el pan Bimbo. Lo consulto con compañeros y amigos y me dicen que son tonterías adolescentes. Tienen razón, ¿o no? En estos años de inocente jugueteo se ventilan cosas trascendentes. Sin comerlo ni beberlo a veces nos pueden conducir al precipicio y con la tontería meternos un castañazo de padre y señor mío. Hablo desde la experiencia.
Moraleja. En la nueva educación roja no puede faltar una asignatura que ayude a los adolescentes a la identificación de los sentimientos, a la gestión de los mismos, a canalizar su expresión, a potenciar la autoestima, a desarrollar las relaciones interpersonales, a capitalizar la sensibilidad. En definitiva, a espantar la banalidad.
En lugar de tantas visitas al zoo, a museos medio muertos y a colonias industriales fosilizadas, tal vez convendría una excursioncita al Raconet de Premià de Mar, santuario donde luce la sentencia con la que empecé el artículo. Y el bocadillo de jamón, buenísimo.
Grito irracional y furibundo de mi infancia con el que perdíamos el culo para no ingresar en un club más peligroso que el de los judíos en la Alemania nazi. No tenía nada que ver con la sexualidad, era una exaltación del sinsentido, era temor, era tufillo a rancio, a cerebros obtusos y miedos ancestrales. Al primero que se le ocurría en el cole mover las manos más de la cuenta o hacer derroches de sensibilidad se le colgaba el sambenito de maricón y no se lo conseguía limpiar ni con lejía. Los forzudos machitos necesitaban una masa dócil, amenazarlos con una fama más destructiva que la peste o la lepra, disparar a las partes nobles era una buena táctica. En los vestuarios del los equipos de futbol en los que milité de tierno infante nos duchábamos con homofobia, al más calladito, al más timorato, al más pintado, se le bautizaba como maricón y por los siglos de los siglos, amén. Nos reíamos como idiotas, la bala había pasado de largo y no nos habían alcanzado. Luego, en privado, le presentábamos excusas al afectado por mala conciencia de nuestra crueldad. La hipocresía la mamamos de bien pequeñitos.
¡Mala persona el último! ¡Egoísta el último! ¡Mentiroso el último! No, no suena igual, creo que no correría ningún adolescente moderno por semejante calificativo. ¡Maricón el último! No sé, no tengo claro que no se moverían. Son muchos los adolescentes que salen del armario y me pregunto entre inocente y sarcástico: ¿quién los metió en el armario? ¿Por qué toleramos los tolerantes que haya armarios? ¿Por qué esta afición en convertirnos en jueces del mundo mundial? ¿Por qué señalar con el dedo al que no sigue la ortodoxia hipócrita? ¿Por qué sufrir en lugar de amar? ¿Maricón el último? ¿La velocidad y la orientación sexual tienen relación?
Leo en el especial de La Vanguardia del 11/12/2010 un artículo de Celeste López que lleva por título Homofobia en el cole. Me rebela. Siento que por los institutos que piso y he pisado sigue aquel tufillo de mi infancia. Atenuado, mitigado, filtrado por el tamiz de lo políticamente correcto, pero tengo la íntima sensación que los profes no nos empleamos a fondo para erradicar el último Maricón el último. Que a veces por desidia, por acumulación de causas perdidas o por otros oscuros motivos en los que no quiero pensar, pasamos de largo. Desde estas líneas quiero meterle fuego a todos los armarios, estoy harto de que los prejuicios nos fastidien la libertad.
“Escriben cosas en la pizarra como “Inés bollera” y cosas por el estilo. Me consta que mi tutora del año pasado vio esas pintadas y las borró como si nada”.
Inés, no me importa tu orientación sexual, como tantas otras cosas te pertenece y nadie tiene que meter las narices donde no le llaman. La nueva educación roja, la que educa desde la vida, además de borrar las sandeces de la pizarra tiene que perseguir a los que empuñaron cobardes la tiza y correrlos a gorrazos (es una frase hecha sin intención explícita de cumplimiento) y en tutoría privada conseguiremos que escuchen de decididos profesores rojos que los únicos armarios que se aceptan son los del IKEA (espero que vean la publicidad encubierta y me paguen unos eurillos) a pesar del las enrevesadas instrucciones de montaje.
Escucho en la radio hablar al hijo de Vargas Llosa absolutamente emocionado por el galardón que ha recibido su padre. Era un eterno candidato al Nobel, recibe ufano la recompensa a una vida entre palabras. Me quito el sombrero ante un gran creador de historias que nacidas en su realidad edifican monumentos de ficción. El autor peruano con raíces en España leyó un discurso apasionante para agradecer el premio, el hombre curtido en mil batallas, políticas y literarias, quebró su voz cuando comprobó el efecto demoledor que las palabras provocaban a su alrededor. Emotivo, emocionado, emocionante. Mientras el hijo Vargas Llosa sigue narrando innumerables anécdotas de la estancia en Estocolmo en el programa vespertino contemplo desde la ventanilla de mi coche un Mediterráneo aterciopelado acechado por amenazantes nubes grises que lo devoran a la vez que la noche.
Los seres humanos disponemos del lenguaje para explicar tantos universos como ojos que los miran. Sirven para arrullarnos en el fuego eterno que devora a partes iguales anhelos y miedos. Millones de letras engarzadas que enaltecen nuestra esencia. Palabras con alma, palabras sórdidas y convulsas, magnéticas, domésticas y erráticas, vulnerables y defensivas, negras como el azabache, saetas que enervan el corazón, que lo guarecen de tormentas en un vaso de agua, que hierven sentimientos y que atenúan malévolos deseos. Labios que ejecutan la última sílaba antes de defenestrar poderosos o ejecutar la vanidad de paupérrimos zafios oportunistas. Palabras necias para oídos sordos, monosílabos que mecen nanas, acentos melancólicos de un tiempo que no volverá aunque sus palabras queden lacradas en lápidas del pretérito.
El párrafo anterior son ciento veintitrés palabras seleccionadas con mala intención. Deliberadamente rastreé en mi vocabulario para elegir el mejor ejército con el que cincelar algunos pensamientos que me asaltaron inconexos. Una frivolidad, pido excusas a quien pudiera creer que es pedantería. Es necesidad, es orgullo de haber sido adiestrado en los recovecos de la lengua y poder transformarla en belleza y reflexión. Es tristeza, es preocupación, por esos alumnos con los que comparto oxígeno y que con cien palabras mal contadas transitan por este mundo tan falto de matices. Pido auxilio a la caballería roja, profes que se dejan la piel para que la ignorancia y la vulgaridad sean desterradas de la boca del adolescente cibernético. Puede ser una batalla perdida, un sueño romántico, un estertor de una época en decadencia, pero erigido en caballero paladín del Santo Vocabulario dicto orden de búsqueda y captura para Belén Esteban y otras piltrafas de su calaña que compiten conmigo y con mis colegas en la atención de adolescentillos indefensos. Les atacaré por la retaguardia con poemas de Machado y fragmentos del gran Mario Vargas Llosa y otros literatos de tronío, no desistiré de mi propósito hasta que limpie el flatulento hedor de la telebasura de las bocas de mis educandos.
Basta ya de legitimar la incultura como valor en alza en el mercado de los gilipollas. Si lo deseo y por demostrarme versátil, acabo este escrito con tono barriobajero y garrulo.
¿Qué sería de nosotros, al bajar a menudo al supermercado a hacer la compra, sin la inestimable colaboracion de esos seres pequeñitos pero tremendamente útiles que conocemos bajo el nombre de etiquetas? Nos facilitan una barbaridad nuestro trabajo de búsqueda y selección del producto deseado: si desconocíamos la última aportación de una marca de bebidas, la etiqueta correspondiente que nos informará acerca de qué tipo de producto es nos allanará el camino; si nos perdemos en las secciones del supermercado (he de reconocer que a un servidor le pasa de vez en cuando), dar con carteles y etiquetas aclaradores nos sacará del apuro. Cuando compramos una botella con una etiqueta de la Coca-Cola, sabemos a ciencia cierta qué producto estamos comprando, y así infinitamente. Nada más práctico que esta forma estandarizada de clasificación e identificación de objetos de la vida real.
¿Y en esos supermercados del siglo XXI donde la diversidad es ley y una ideología mercantilista se abre cada vez más camino? Hablo de los institutos, por si alguien no se había dado cuenta. Clasificamos, para nuestra comodidad, a tal alumno de “vago”, le pegamos la etiqueta en la espalda y pobre de él como se la intente quitar a lo largo del curso. Nos llegan chavales de poco más de 10 años etiquetados de “TDH”, a los que, como su “problema” tiene una etiqueta científica y se trata con unas pastillas que se venden con su etiqueta correspondiente, es decir, hemos enseñado a ser productos pasivos (no puedo con mi enfermedad, yo soy mi enfermedad, no puedo no ser sino como la definición de mi enfermedad dictamina), y no a asumir el reto de autoconcienciarse e intentar cambiar (y con esto no estoy diciendo, ojo, que el TDH o similares sean no más que una patraña…, pero sí son una etiqueta que pegamos también en el lomo de estos chavales). Esta clase recibe la etiqueta de “conflictiva”, tal otra es la clase “de los tontos”, ese es “el alumno que viene a clase a dormir”, aquel es “el que nunca aprobará un examen de esta materia”, “el que viene a clase a molestar”, etc., etc., etc.
La botella de la Coca-Cola será, como bien dice la etiqueta, una botella de Coca-Cola en todo momento. Pero ¿y estos chavales? ¿Cómo pedirles una mejora en su rendimiento si partimos de la base etiquetadora, esa que no aceptan que las cosas puedan cambiar? Mucho mejor sentarlos en una silla y hartarlos a pastillas para que dejen de molestar, mucho mejor no trabajar con ellos la posibilidad del cambio por si en el camino descubrimos que a nosotros tampoco nos iría mal cambiar algunas de nuestras percepciones? Los suspendemos y así añadimos una nueva etiqueta (“INS”, esa etiqueta que tanto miedo da y que nadie quiere comprar en el supermercado) a la que ya habíamos puesto desde el principio del curso (o del curso pasado, o vete a saber desde cuándo).
Y luego nos molestará que a nosotros, los profesores, nos etiqueten…
Lo confesaré abiertamente, sin tapujos ni medias tintas, este tipo me seduce. “La emoción es el único desafío al tiempo que el universo nos permite a los seres humanos”. Sigo confesando sin remilgos, la afirmación me revuelca, me remueve las vísceras. La partida de póker empieza con una mano impresionante. Las hormiguitas adoctrinadas (la mayoría de nuestros adolescentes) transitan por la esclavitud del tiempo lineal. Síntoma inequívoco de amplitud de conciencia es la percepción del tiempo desde realidades diversas. Una milésima de segundo es una medición física pero también emocional. Tanto tiempo buscando el elixir de la eterna juventud y Bosé nos lo ofrece en bandeja: EMOCIONARSE.
Aparece en La Contra de la Vanguardia con motivo del Día del SIDA. Por su interés la reproducimos en Metamorfosis educativa. Las primeras perlas las deja caer cuando habla de CALIDAD, TEXTURA Y COLOR DE LAS EMOCIONES. Yo me dejo ir, sueño (creo del verbo crear y creer a la vez) con una mañana diferente para mis alumnos del instituto. Estos adolescentes que militan en el monolitismo, en la uniformidad, esclavos del zarismo (no pensar en Rusia, hablo del vestuario, de marcas que imponen modas sin dejar resquicio a la originalidad personal) combatiendo a calzón quitado contra un profesor rojo (doctorado en la vida y no en facultades grises). Un experto en provocar emociones. Veo tu larga estampa en una clase de las mías, hablando, cantando, compartiendo sensibilidad. Me sube la bilirrubina. Cómo disfrutaríamos todos si supieras trasmitirnos la diferencia, con tu voz magnética, cautivadora, entre un la menor melancólico y un do mayor energético. Una mañana escudriñando las texturas emocionales de tus canciones y tus experiencias, compartiendo sin guión con los cibernéticos cerebritos de esta juventud del XXI que le cuesta adentrarse en cromatismo. El suelo empapelado de blanco y unos cuentos potes de pintura para llenarse las manos de emociones. No te oculto que empiezo a babear imaginando las caras de esos pipiolos que se machacan los tímpanos con canciones que militan en listas de éxitos manipuladas desde lo más alto de los rascacielos discográficos. ¡Sensibilidad, sensibilidad, sensibilidad!
En esa mañana gloriosa, excelsa, te imagino hablando de la dualidad que confirmas en la entrevista. Ese Miguel que “no le interesa la fama ni el público. Sabe estar solo. Le gusta cultivar su huerto; disfrutar del silencio; bucear; encontrarse cada día con los pequeños placeres de la comida sana; el sueño reparador, la buena conversación…” Y el Bosé público, mediático, cara al público. Todos somos duales, sólo en los momentos de pasión en los que dejamos libre la esencia se fusionan las caras de la moneda y la unidad nos provee de una energía irrefrenable. Sería una experiencia de las que dejan huella, un ser humano que tiende la mano a otros desde una conciencia más abierta para facilitar la subida del escalón a otra, le hace crecer.
¿Es un sueño? Me pongo manos a la obra para que se experimente. Os mandaré noticias.
Miguel Bosé, cantante y compositor; dirige la Gala Anual contra el Sida de Barcelona
“Sólo Miguel sabe entender a Bosé: él es mi refugio”
LLUÍS AMIGUET - 02/12/2010
Si creas emoción, dominas el tiempo: eliges tu edad. Tengo pasaporte panameño, colombiano, italiano, español. Deploro el maltrato a los animales, pero también la parte hipócrita de prohibir los toros. Soy agnóstico y hombre de fe. Soy de izquierdas: de nuevo rojo de mierda
¿Años? Me pregunta por los años… Verá: vivo para crear emociones. Y la emoción es el único desafío al tiempo que el universo nos permite a los seres humanos…
¿En qué sentido?
Sólo el arte puede suspender en nosotros la sensación del paso del tiempo…
Si es malo, la alarga muchísimo.
El arte nos permite conectar con otros humanos y sustituir la duración – segundos, minutos, horas-por la intensidad: calidad, textura y color de las emociones.
No podemos decidir cuánto vivimos, pero sí cuán intensamente.
El arte nos da ese poder de elección.
Y el artista domina el tiempo.
Por eso, quienes creamos emociones podemos elegir nuestra edad. Y comunicar ese poder a los demás: compartir momentos especiales en los que el tiempo no existe ni nadie tiene edad.
O todos tenemos la misma.
¡Ese poder es la música! El lenguaje más universal y eterno del que gozamos las personas. Cada nota es una emoción.
Por ejemplo…
El la menor es la melancolía y el lirismo, y el do mayor, su opuesto; nota solar, poderosa y alegre que levanta el ánimo y da energía.
También decían de José Tomás que al torear detenía el tiempo…
Tomás es un genio, pero yo no soy taurino.
Pero tiene usted genes taurinos.
Mi padre era torero, y mi madre, taurina… Toda mi familia sabe de toros, pero yo, la verdad, es que no los siento.
¿Hubiera usted votado a favor de la prohibición de los toros en Catalunya?
Estoy contra el maltrato animal, pero en esa prohibición ha habido una hipocresía y una ambigüedad que no puedo admitir.
¿Por qué? Porque se han prohibido los toros y se ha preservado en cambio una tradición mucho más cruel, el toro embolado.
Preservada en nombre de la cultura.
¡Pues eso sí que es torturar a un animal! Los toros tienen terminaciones nerviosas sensibles en la punta de sus pitones que les ayudan a atinar en la embestida y por diversión se las queman durante horas.
No lo había pensado.
Los pobres animales enloquecen de dolor. Y si hubiera prevalecido el interés por evitar el maltrato animal, también hubieran prohibido el toro embolado y no sólo los toros.
Se lidiaban también otras cuestiones.
No lo hicieron porque fue un debate identitario con interés electoral en nombre de Catalunya.
¿Qué hubiera hecho usted?
Dejar que el público decida yendo o no yendo a los toros, pero no prohibir en nombre de Catalunya, por Dios, Catalunya no necesita esa prohibición para ser Catalunya.
Usted también tiene muchas patrias.
En España estoy en casa; también en Colombia, donde participé en negociaciones con la guerrilla o fundamos Más Arte, Menos Minas y abrimos ambulatorios para niños afectados por minas antipersonas… Y en México, que he recorrido tantas veces en bus…
Sé que pasa mucho tiempo allí.
Estoy recaudando dinero para las comunidades indígenas de Chiapas, como los tzotzil o los maya. Les enseñamos oficios y también castilla… No castellano, castilla.
Fue castilla antes de ser español.
Pero también a hacer pan o cultivar y vender los excedentes en el valle. Si va a San Juan Chamula y se arrodilla ante el altar de su iglesia de 1500, de la que las comunidades no dejan hacer fotos para que no te lleves espíritus…, entenderá por qué todos somos tzotziles, mayas, tzeltales, mexicanos.
Usted también es icono de la latinidad.
Estoy en casa en Italia, patria materna, en Colombia, paterna, pero también en Barcelona, en Chile. Y le recomiendo que vaya a América y se encontrará con sus patrias.
Pero no tiene usted familia…
En el sentido tradicional, no. No funciona. A mí no me ha funcionado, pero tengo una familia, además de mi madre y hermanos: son los técnicos, músicos, compañeros todos de gira… Con ellos comparto mi vida hace muchos años. Y con Miguel.
¿. ..?
Miguel me entiende. No le interesa la fama ni el público. Sabe estar solo. Le gusta cultivar su huerto; disfrutar del silencio; bucear; encontrarse cada día con los pequeños placeres de la comida sana; el sueño reparador, la buena conversación…
Me alegro por él.
Es todo lo opuesto a mí: devorado por los nervios en cada nueva gira; hiperactivo, siempre agobiado; exigente y buscador de emociones…
Son el uno para el otro.
Somos Miguel Bosé.
La creación es un poco esquizoide.
¡Y yo un absoluto bipolar!
Y luchador contra el sida.
Ahora no podemos bajar la guardia porque creamos que, de mortal de necesidad, pueda pasar a ser enfermedad crónica. Al contrario, los afectados necesitan más que nunca nuestro calor humano, la solidaridad… Y el dinero, claro, de todos.
Las entradas de la gala de Barcelona no han sido baratas.
Han sido carísimas. Pero las agotamos rápidamente. Y así Barcelona, capital solidaria, se ha ganado ser la sede anual de la gala… para siempre.
Mostrar todo«‹
COMENTAN EN LA BLOGOSFERA DE ESTE ARTÍCULO
Aún no hay blogs enlazados a este artículo
jueves, 02 de diciembre de 2010
La extraña pareja
Entrevisto a Bosé acompañado de su inseparable Miguel y los dos contestan al alimón. A veces se impone Bosé, frivolón, dicharachero y divo (al hablar busca auditorio); otras contesta Miguel: sencillo y profundo; solidario y amable. Bosé te oye; Miguel te escucha; Bosé es muy susceptible y regaña a los fotógrafos que se pasan en los conciertos; Miguel es sensible y receptivo con todo el planeta, animales y plantas incluidos. Y mágico: adivina lo que piensas antes de hablar. Bosé camina hacia donde le lleva su ego; Miguel se patea media América para ayudar a quien lo necesita. Se requieren. Y es que Miguel Bosé, creador, juega a sustituir la pareja por la esquizofrenia. Y no le va nada mal.
Si veis a este tiparraco por vuestra ciudad, ¡DETENEDLO!
Es un chicarrón fornido y reducirlo no será fácil, astucia, amigos, en la Antártida el que se descuida, la palma. Una vez lo tengáis dominado, lo lleváis a vuestro instituto, lo metéis en el salón de actos y lo dejáis cual Mihura a que embista a cincuenta alumnos de Bachillerato o ESO. No tengáis cuidado, los corneará a placer con una pasión desbordante. Testigo soy de su voracidad. Hacedme caso, bocatto de Cardinale.
Mi departamento, el de Sociales, recibió una propuesta de conferencia sobre La Antártida del naturalista gallego de apellido Varela y de nombre Emilio. Este expedicionario al frío perpetuo nos explicaba por mail que cogía la manta (bien pensada la metáfora) y se iba de turné por institutos de Catalunya a explicar a la juventud lo vivido en primera persona en aquellos míticos parajes. La idea nos puso. Cuando se trasladó a los capitostes del centro el tema empezamos con el esperpento. ¡No había dinero! ¡Mon dieux! ¡200 euritos! Que lo paguen los alumnos. Nos plantamos, nastic de plastic, una actividad en el propio centro debía ser sufragada con fondos públicos. Los que mandan encontraron un resquicio legal para solventar nuestra tenacidad, podría ser una actividad del plan estratégico (dinerillo que cae extra en los institutos para que justifiquen que están mejorando aunque sea mentira). Podría encuadrarse en el epígrafe Fomento de lenguas extranjeras. Burlando las trabas y demostrando cómo delira el sistema, ideamos un plan: la introducción de la conferencia la haría nuestro catedrático en francés e inglés (sorpresón de los alumnos que se fliparon pensando que toda la conferencia sería en la lengua de Shakespeare). Para dar más empaque al tema ideamos que los alumnos asistentes harían una breve reseña del acto en lengua inglesa, of course. Bordeando la ley obteníamos la bolsita de euros necesaria. No sé en qué apartado ha colocado la secretaria del centro un cartel luminoso que reza LIBRE/OCUPADO en un lavabo de alto standing que han reformado en la primera planta del centro de cara a la galería.
Vamos a lo que interesa. Emilio Varela es un crack. Una bestia comunicativa. Me tuvo a cincuenta alumnos de primero y segundo de Bachillerato fijados a una silla durante cuatro horas sin respirar. No les daba tregua, les requería, les estimulaba, les gritaba, les acariciaba con su voz apasionada. Yo que me dedico a este negocio desde hace años y os aseguro que quedé sorprendido. El derroche físico fue extraordinario. Emilio me confesó en privado la noche de aquel glorioso día que por la tarde estuvo durmiendo como un bendito. La Antártida fue la gran excusa para explicar la vida. Habló de fortaleza mental, de valores que mueven el mundo, del concepto de viaje, de sostenibilidad, de responsabilidad. ¡Un repaso! Un grupo de alumnos se quedó al final a departir con él, más ilusión en bote, les explicó lo que es una vida con sentido, cómo combatir el tedio, cómo buscarse las habichuelas en un mundo hostil. Delicioso.
De verdad, deténganlo, vale la pena.
