Madrigal de Las Altas Torres 1441 – Medina del
Campo 1504
INTRODUCCIÓN Isabel la Católíca,
primera de España, fue una extraordinaria mujer
con un gran carácter e inteligencia, con una
vida cargada de sufrimientos, luchas, decepciones y
triunfos. Tuvo que tomar muy difíciles decisiones
y lo hizo. Fue reina sin ser la sucesora debido a una
serie de circunstancias externas a ella.
Entre los doce y dieciséis años se enfrenta
a duras luchas por esta sucesión, debe defender
lo estatuido por su padre, Juan II,
en su testamento, incluida una guerra que durará
mucho más de lo deseado.
Sufrió las humillaciones y afrentas de su hermanastro
Enrique IV (quizá uno de sus
enemigos más pertinaces) y de su valido Pacheco.
Hija de una mujer loca y madre de otra, su espíritu
tuvo que soportar grandes tensiones. Pero, a pesar de
todo ello, llegó a ser uno de los personajes
más importantes del Renacimiento
gracias a los trabajos llevados a cabo como reina: final
de la guerra contra los moros, unificación de
los territorios de España, consolidación
de la sociedad civil y religiosa, mejora de la economía,
descubrimiento de América, acabar con el poder
de la nobleza, etc.
Para comprender los problemas
sucesorios conviene examinar el árbol genealógico
que se adjunta a continuación:
Enrique IV declaró a Alfonso
su sucesor pero, la división entre partidarios
de cada uno de ellos, hacía pensar en la posibilidad
de una guerra civil. En realidad, Alfonso estaba bajo
la tutela (tutela que, muchas veces, encubría
un auténtico secuestro) del Marqués
de Villena mientras que Juan Pacheco
junto con su hermano Pedro Girón
(Maestre de Calatrava) tramaba un plan, junto con Enrique,
para eliminar a Alfonso y casar a Isabel
con el tal Pedro. Gracias a Dios y para tranquilidad
de Isabel, este murió el 20 de abril de 1466
cuando iba a Segovia a visitarla. En medio de estas
luchas partidistas, Alfonso se intitula rey de de Castilla
(sin que hubiera muerto el rey en el poder) en 1457
siendo su primer acto como tal el de restituir a su
hermana la villa de Medina del Campo a fin de cumplir
con una de las mandas del testamento de su padre. Esta
ciudad, en la que al final moriría Isabel, junto
con las de Arévalo, Madrigal de las Altas Torres
y Segovia, sería de gran importancia en la vida
de la futura reina durante su juventud.
Entre los avatares de esta guerra civil
no declarada y sin batallas, la ciudad de Toledo pasa
del bando de Alfonso al de Enrique por lo que el primero
tiene que abandonar la ciudad que será rápidamente
ocupada por su hermanastro. Alfonso, desde Ávila,
intentará recobrar la ciudad del Tajo. Sin embargo
no consiguió cumplirlo porque, enfermó
repentinamente muriendo en Cardeñosa en julio
de 1468. Se perdía
el heredero nato a la corona y desaparecía uno
de los protagonistas de las peleas por la sucesión.
Estos enfrentamientos hicieron que los grandes nobles
trataran de tener en su poder rehenes de la familia
real para tener argumentos de trueque o, simplemente,
para conseguir prebendas; así Fonseca y el Duque
de Alba tenían a Isabel y Alfonso mientras que
Pacheco y otros, tenían a Juana y a su madre
Juana de Aviz, esposa (ilegítima) de Enrique.
Algunos historiadores mantienen que Isabel se proclamó
reina a la muerte de su hermano pero lo único
que hizo fue manifestar por escrito que ella era la
sucesora legítima. Ella no podía nombrarse
reina ya que esto se hacía por aclamación
que tenían que pronunciar los estamentos eclesiástico,
nobleza y caballeros y ratificado luego por las Cortes.
Además era necesario que Enrique renunciara a
la corona que legítimamente llevaba puesto, que
la hija de su mujer, Juana, había sido declarada
ilegítima y porque Isabel constaba en el testamento
de Juan II como su heredera. Al no ser Juana la Beltraneja
hija suya y no ser su madre verdadera esposa de Enrique
(al no estar divorciado de Blanca de Navarra), era necesario
que la Santa Sede se pronunciará
sobre estos dos hechos y que el rey declarara a Isabel
como su heredera. Era preciso llegar a un acuerdo que
satisficiera los intereses de cada una de las partes.
A finales de agosto de 1468 Enrique
firmó un memorando en el que reconocía
a Isabel como primera en la línea de sucesión,
se reconciliaba con ella, se firmaba una especie de
paz entre los dos bandos y el sometimiento de todos
ellos (especialmente los nobles y el alto clero) a la
autoridad de Enrique. Esto quedó firmado por
ambos, en Guisando, el 19 de septiembre de ese año
y las cláusulas más importantes del mismo
son las siguientes:
•
Terminar la guerra entre los dos bandos.
• Isabel era reconocida
como heredera y se trasladaría a la Corte.
• En el plazo de cuarenta
días sería reconocida como Princesa
por las Cortes y la Junta de la Hermandad.
• El rey debía
encargarse de la nulidad de su segundo matrimonio.
• Isabel recibe el Principado
de Asturias y las rentas de varias ciudades.
• Isabel se compromete
a casarse con quién “el rey
acordara y determinare, de voluntad de dicha Señora
Infanta, con el acuerdo y consejo de los dichos arzobispos,
Maestre y conde y no con otra persona alguna”
• Juana de Aviz sería
llevada a Portugal pero su hija debía permanecer
en la Corte.
La penúltima
cláusula quiere decir, ni más menos, que
el candidato propuesto debe ser aceptado por ella.
Pero a Pacheco le importaban poco los
pactos y acuerdos por lo que empezó a ver la
manera de no cumplir el de Guisando para lo que dio
los siguientes pasos: Juana no se fue a Portugal; algunas
de las ciudades que se habían dado a Isabel,
las atrajo al bando de Enrique; estudió la posibilidad
de casar a la Infanta con Alfonso V de Portugal
(tío de Juana la Beltraneja)
para alejarla de España. Isabel, previendo este
tipo de cosas, hizo que se elevara a documento público
el acuerdo de Guisando y se negó, en redondo,
a casarse con el rey portugués, diciendo claramente
que, en dicho acuerdo, ella tenía el derecho
de elegir esposo (¿había ya elegido a
Fernando, último descendiente de los Trastamara
y primo suyo?).
En las Cortes de 1469, con
ausencia de los representantes de seis de las dieciséis
ciudades con derecho a voto, no se procedió al
juramento de fidelidad a Isabel. Pacheco se apuntó
un nuevo triunfo amparándose en que la Infanta
había roto el acuerdo de Guisando al negarse
a casarse con el rey de Portugal.
Fernando de Aragón firma en secreto, en Cervera,
el 7 de marzo de 1469 las
capitulaciones matrimoniales
con Isabel a la espera de la dispensa eclesiástica
del Papa por razón de su parentesco. Por este
motivo su padre le da el reino de Sicilia y, a su nuera,
con la posibilidad de titularse princesa y reina, los
señoríos de Borja, Magallón, Crevillente,
Siracusa y Catania amén de 100.000 florines de
oro. Esta, por su parte, puso a su esposo la condición
de reconocer a Enrique IV como único y verdadero
rey de Castilla.
El matrimonio tomó enseguida
la determinación de rodearse de consejeros procedentes,
la mayor parte de ellos, de la Universidad como personas
más preparadas para los negocios de la política
y mucho menos ambiciosos que los grandes nobles.
Por otra parte Pacheco, actuando casi como rey, (en
realidad el rey de verdad era enormemente débil)
seguía intentando poner a favor de Enrique a
la nobleza terrateniente mientras que Isabel y Fernando
se atraían a las ciudades y las regiones.
Fernando ya había establecido sustituir a los
validos por Consejos
para el trabajo cotidiano y por Secretarios
para la ejecución de los acuerdos, con ello garantizaba
las libertades de regiones como Asturias y los Señoríos
de Álava y Vizcaya. Pare conseguir esto, Fernando
envió emisarios a Borgoña e Inglaterra
para garantizarse de que los privilegios y ventajas
que tenían los marinos vascos en aquellas costas
les serían respetados. Agradecidos, los procuradores
de Vizcaya prometieron a Isabel, de la manera más
solemne, “antes morir que abandonar
su obediencia”.
En 1471, con fecha 9
de noviembre, el Papa, por fin, firma la bula
por la que se les otorga la dispensa matrimonial legalizando
su matrimonio. También nombra cardenal a Pedro
González de Mendoza y envía a
España a Rodrigo de Borja para
conseguir de los príncipes su ayuda en la guerra
contra los turcos.
Este Rodrigo, que en Italia cambió su apellido
por el de Borgia, había nacido en Játiva
y era, por tanto aragonés (sería Papa
con el nombre de Alejandro VI) se puso
desde el primero momento a favor de Isabel por lo que
la familia Mendoza hizo lo mismo.
El 27 de diciembre de 1473,
en el Alcázar de Segovia
se reconcilió Isabel con Enrique gracias a los
esfuerzos, empeño y eficiencia de Cabrera
y su mujer Beatriz de Bobadilla. En
ese tiempo Pacheco estaba mal de salud y, aunque quiso
poner a Segovia a su favor, con esta reconciliación
no pudo lograrlo. Enrique también estaba enfermo
de forma que muere un año después, el
12 de diciembre de 1474 en
Madrid con mucho sufrimiento por lo que, algunos, hablaron
de envenenamiento como Juana la Beltraneja y, en nuestras
días, Gregorio Marañón. Sorprendentemente
muere sin dejar testamento alguno lo que dejaba sin
determinar la sucesión a la corona.
Isabel
acude a Madrid para asistir a las exequias por su hermano
pero, al salir de la Iglesia de San Martín donde
se celebró el funeral, salió a la plaza
y quitándose los lutos que llevaba sobre vestiduras
ceremoniales, se presentó ante el pueblo que
la aclamó como reina así como a Fernando
su marido. Sabido es
que los reyes en Castilla lo eran no por coronación
ni por consagración sino por aclamación
y esto es lo que se hizo en la plaza
Mayor de Madrid; Fernando estaba en Cataluña
para frenar la
conquista del Rosellón por parte del rey francés.
Inmediatamente después el acto de la plaza Mayor,
se dio cuenta de tal hecho a las ciudades en las que,
en las siguientes fechas, se procedió a la aclamación
y declaración de reconocimiento.
El arzobispo
de Toledo y cardenal, Carrillo,
siguiendo su costumbre de oponerse a Isabel por todos
los medios, propagó la teoría de que esta
había actuado sin esperar a Fernando arrogándose
todos los poderes. Por ello envío a este, de
camino a Segovia, personas de su confianza para que
le pusieran en antecedentes de lo que había hecho
su mujer sin consultarle. La llagada del marido a Segovia
hizo que se aclarase todo al asegurar Isabel que había
actuado en nombre de los dos.
Consecuencia de esto fue la redacción de un documento
arbitral, firmado por los cardenales Mendoza y Carillo
en el que se establecía que los dos reinarían
al unísono con preferencia, en algunas cuestiones,
para Isabel (tanto monta,
monta tanto, Isabel como Fernando). Este
documento tiene de positivo el reconocimiento de que
la mujer podía ser reina y, además, gobernar;
esto es, que tiene la capacidad de tomar decisiones
y de mandar ejecutarlas. Se firmó el día
15 de enero de 1475. El documento
establece pormenorizadamente cuales son las funciones
de la reina.
El 28 de abril del mismo año, teniendo los reyes
que actuar por separado, Isabel entregó a su
marido un documento por el que delegaba en él
sus poderes, sin renunciar a ninguno de ellos y Fernando
hizo lo mismo cuando fue nombrado rey
de Aragón, a la muerte de su padre, el
14 de abril de 1481.
Sin
embargo, cuando ya creían Isabel y Fernando
haber superado todos los obstáculos, va a estallar
la guerra civil. Aunque
el pretexto era el de imponer a Juana como reina de
Castilla, lo cierto es que era la Unión de los
Reinos lo que levantaba recelos entre los países
limítrofes, Portugal y
Francia.
El primero deseaba asegurar su frontera terrestre, estando
pendiente de los asuntos de ultramar. Alfonso
mantenía que era para defender los intereses
de su sobrina (que luego sería su esposa por
muy poco tiempo ya que se casó sin la debida
dispensa) que, a la sazón tenía solamente
doce años.
Francia tenía miedo
a la unión de Castilla y Aragón por la
posibilidad de perder la influencia que tenía
sobre Navarra, dominada por los D´Albert franceses.
Alfonso envía emisarios a Castilla para pulsar
la ayuda que podría recibir en sus pretensiones;
bastantes nobles le contestaron afirmativamente y, con
la promesa de estos, se presenta ante Isabel para reclamarle
los derechos de su sobrina a la corona.
Como siempre en todas las historias se producen anécdotas
que denotan el estado de la situación. En este
caso se trata de D. Beltrán de la Cueva,
“presunto” padre de Juana que participa
en un torneo organizado por los Reyes Católicos
y del que sale vencedor. Parece que tenía claro
cuales eran los derechos de su hija.
Isabel quiere llegar a una conciliación
con los partidarios de Juana auspiciada por su suegro
Juan II, pero todo resulta inútil. El rey de
Portugal llega a Plasencia el 25
de mayo de 1475 con su ejército y su sobrina,
comprobando de inmediato que no se iba a producir el
levantamiento a su favor que le habían prometido.
Sin embargo hace proclamar a
Juana reina de Castilla. El día 29 celebra
desposorios con su sobrina “por palabras
de presente” pero que, por lo ya
señalado, no tenía legitimidad. Al día
siguiente Juana con 13 años firma un manifiesto
que le presentaron, justificando sus derechos al trono
y que fue enviado a las ciudades afines que resultaron
ser muy pocas mientras que los partidarios de Isabel
aumentaban continuamente. Alfonso V
consigue algunos triunfos iniciales pero tiene que asistir
a las defecciones de los partidarios de Juana, como
fueron las ciudades de Toledo y Burgos. Esta última
fue ocupada por Alfonso pero fue recuperada por Fernando
con lo que toda la ciudad por iniciativa propia, se
pasó a la obediencia de Isabel. Al rey portugués
solamente le quedaban las ciudades de Zamora y Toro
que también cayeron en manos de Fernando, con
lo que Alfonso, con su hijo Joaö que había
venido a ayudarle, se volvió a Portugal terminando
así esta primera fase de la guerra de Sucesión.
Como consecuencia de esta intentona,
los Reyes Católicos comprendieron que había
que acabar con los privilegios de los Señoríos,
nobles de alto rango que desde antes de Enrique IV,
se habían enriquecido enormemente y no de forma
demasiado legal y a costa del patrimonio real.
Era conveniente obtener de ellos la obligación
de ser fieles a los reyes y trabajar a su servicio.
Para ello entablan negociaciones con todos ellos, tanto
con los partidarios de Juana como con los de Isabel.
Consiguieron que se devolvieran a la corona un número
importante de propiedades y de sus rentas, se les confirmó
la propiedad de todos a aquellos que hubieran adquirido
antes de 1464 y se les ofrecieron
generosas indemnizaciones por los Señoríos,
ciudades y cargos que tuvieron que devolver. Los reyes
tenían claro que no podían humillar a
los grandes nobles ya que dependían de ellos
para muchas cosas.
Entre 1477
y 1478 Isabel tiene que viajar
a Andalucía para
resolver problemas planteados por los insaciables nobles,
sobre todo aquellos que formaron parte del grupo de
Juana. Viajó sola y tuvo que tomar importantes
decisiones aunque el tema del patrimonio de los señoríos
ya había quedado firmemente establecido con anterioridad.
La primera parada la realiza en Guadalupe donde había
de ser enterrado su padre, luego Cáceres, Sevilla,
Córdoba, etc.
En Sevilla resolvió el enfrentamiento entre el
Duque de Medinasidonia y el Marqués
de Cádiz empeñados en aumentar
su poder a costa del otro. Las medidas tomadas por Isabel,
medidas tendentes a fortalecer la autoridad de la corona,
amedrantó a los ciudadanos que temieron por sus
derechos pero Isabel resolvió estas dudas sentándose
en cualquier plaza o calle y escuchando las quejas de
los súbditos dejando a los procuradores que dictaran
sentencia.
Una
de las quejas que estos le plantearon fue contra los
judíos conversos
a los que acusaban de muchas cosas. Por eso fue que
Sevilla se convirtió en la primera ciudad en
que se estableció un Tribunal
de la Inquisición por consejo del Nuncio
del Papa, Nicolás Franco. El
14 de septiembre de 1477
llegó Fernando a Sevilla al que esperaba Isabel
para darle la buena noticia de que estaba embarazada.
El nacimiento se produjo el 30 de junio y, en el bautismo,
llevado a cabo con un gran lujo, se le puso por nombre
el de Juan.
Unos días antes Isabel había tenido que
exigir al Duque de Medinasidonia, Enrique de
Guzmán, que entregara todas sus posesiones,
(adquiridas después de 1464)
los realengos y que rindiera el mando de las plazas
fuertes de Sevilla en su poder. Lo mismo hizo con el
Duque de Cádiz, Rodrigo Ponce de León.
1478
vuelve a traer problemas con los portugueses al haber
conseguido Alfonso V el apoyo de Galicia, Mérida
y Trujillo. Se produjo un conato de batalla en La Albuera,
favorable a las tropas de Alfonso pero que produjo muy
pocas bajas y que hizo pensar a Alfonso y a Isabel que
era llegado el momento de resolver este asunto de una
vez por todas.
Para llegar a este acuerdo, Doña Beatriz,
Duquesa de Braganza y tía de
Isabel y del hijo de Alfonso V, se ofreció como
mediadora, reuniéndose con la reina en Alcántara
para discutir los términos del mismo.
Las peticiones de Alfonso eran las de encontrar un matrimonio
conveniente para Juana, que se le pagara una indemnización
por los perjuicios que se la habían causado y
que se perdonase e indemnizase a sus partidarios que
se habían ido con ella a Portugal.
Beatriz pidió que Juana se casase con el Infante
Juan (apenas recién nacido). Isabel
aceptó, en principio, este matrimonio pero, un
cambio en las exigencias de Alfonso hizo que lo tratado
en Alcántara se considerara como un simple memorando
para posteriores negociaciones. Isabel se había
asegurado que quedara claro que Juana no tenía
ningún derecho al trono y que no volvería
a reclamarlo nunca más. Pactó la libertad
de comercio entre ambos países y la estabilidad
de las fronteras, entregando a cambio Mérida
y Medellín. Alfonso aceptó aquello que
le favorecía pero no lo que concernía
a su sobrina por lo que reclamó el cumplimiento
de cinco condiciones a favor de Juana. Las condiciones
eran las siguientes:
• Que dispondría
de seis meses para decidir lo que iba a hacer.
• Que conservaría el título de
Princesa lo que convertiría a Isabel en mera
pretendiente al trono.
• Una indemnización de 100.000 doblas
de oro en el caso de que no se celebrase su boda con
el Infante Don Juan.
• Su tutela se encomendaría al hijo de
Alfonso, Don Joaö y no a Beatriz.
• Que Juana fuera informada de todo lo anterior.
Esta última condición
se cumplió pero Juana
no aceptó por lo que se le ofreció
la disyuntiva de que se quedara en Portugal cobrando
la indemnización y bajo la tutela de su tío,
o que recobrara la libertad para ir a donde quisiera.
Tampoco Isabel las aceptó ya que suponían,
implícitamente, que ella no era la legítima
heredera pero sí aceptó el matrimonio
con su hijo. El 4 de septiembre
de 1479 se firmaron los pactos definitivos ya
que Juana había decidido ingresar en un convento
durante un año de prueba, antes de realizar los
votos, cosa que hizo al año siguiente en el Convento
de Santa Clara de Coimbra con lo que terminó
esta larga guerra de sucesión.
El
día 19 de enero de 1479
muere Juan II, rey de Aragón,
con lo que Fernando recibe, junto
con este reino, el de Sicilia, Cataluña, Valencia,
Baleares y Cerdeña.
Si a esto le sumamos los que aportaba el reino de Castilla,
se comprende que los demás países europeos,
especialmente Francia, vieran con mucha preocupación
y recelo este poderoso conjunto de países regentado
por los Reyes Católicos. La política de
estos de la Unión de Reinos, adquiría
una nueva dimensión. Sin embargo, curiosamente,
nunca se titularon Reyes de España. La restauración
de la “Hispania” romana se basaba en la
legitimidad transmitida a los reyes godos por Roma en
el pacto del año 418. Ahora, además, se
plantean la unificación de los pueblos cristianos
ya que únicamente los que profesaban esta religión
eran súbditos y sujetos de derechos y deberes.
Isabel
convocó Cortes muy pocas veces durante su reinado.
Las más importantes fueron la de Madrigal
de 1476 en las que se abordaron
los temas de la Contaduría y las relaciones entre
la Iglesia, la Corona y los nobles y se establece la
Hermandad General que tomaría un papel tan importante
que hacían innecesarias las Cortes.
Las otras fueron las de Toledo
de 1480 en las que se pusieron
los medios y las leyes para organizar la economía
del reino pues las arcas estaban bastante vacías.
Se reordenó el valor de las distintas monedas
que circulaban por Castilla, León y Aragón
(doblas , moriscas, florín aragonés
y el ducado) con respecto al maravedí.
Así, por ejemplo, se estableció el valor
de la dobla en 480 maravedíes. Se rescataron
muchos juros que podrían asimilarse a la actual
Deuda Pública ya que eran títulos (a veces
hereditarios) que garantizaban una cantidad periódica
sobre el capital prestado a la corona. También
se decidió que Asturias retornara al Patrimonio
Real ya que era una especie de feudo de Diego Fernández
de Quiñones, Conde de Luna.
Se fijó de forma clara el conjunto de las leyes
del reino con el nombre de Ordenamiento de Montalvo,
debido a su recopilador, Alfonso Pérez de Montalvo.
A partir de ese momento los reyes legislaron por medio
de pragmáticas por lo que, las
Cortes Legislativas perdieron parte de su importancia.
Toda la legislación quedaba compuesta por el
Ordenamiento, las pragmáticas, la doctrina supletoria
de las Partidas y el Consejo Real.
Todos
los temas fueron objeto de atención por parte
de los reyes: en el de educación favorecieron
las Universidades y los
estudios para la mayor parte posible de alumnos creando
Colegios en las ciudades que tenían Universidad,
especialmente en Salamanca y en Valladolid. Establecieron
que los médicos no podrían ejercer como
tales si antes no superaban unas determinadas pruebas.
Atendieron una demanda de las Cortes en el sentido de
que debía de restringirse el nombramiento de
profesores extranjeros porque quitaban puestos a los
españoles, lo mismo que ocurría con los
eclesiásticos. Para remediarlo los reyes consiguieron
de Roma (Sixto V) que redujera considerablemente el
nombramiento de obispos que pasaba a la jurisdicción
de la corona mediante el acto de presentación
(propuesta de los candidatos) que ha perdurado hasta
1975. Los monarcas pudieron
poner en esos puestos a personas idóneas ya que
Roma se guiaba más por criterios endogámicos
o de parentesco. Lo que no quiere decir que también
Isabel Y Fernando cayeran, en ocasiones, en esa endogamia
de la sangre o de las familias nobles.
La conquista de Granada,
uno de los hechos más relevantes del reinado
de Isabel necesita de algunas notas previas imprescindibles
para comprender el tema en su totalidad: la primera
es el hecho de que Granada era un Señorío
musulmán dentro del reino de Castilla por el
que los nasríes
(nazaríes) tenían que pagar el correspondiente
tributo, acudir a Cortes cuando fueran requeridos para
ello y enviar tropas a los reyes cuando se lo pidieran.
Sin embargo, hacia 1480 Granada
se sublevó rompiendo el lazo de vasallaje con
la corona. La segunda es que los turcos estaban presionando
en todo el Mediterráneo Oriental y el Papa llamó
a todos los reinos cristianos a la lucha para detenerlos.
En tercer lugar desde Roma se dio a esta guerra el carácter
de Cruzada, por lo que
la reconquista fue emprendida como tal por los Reyes
Católicos.
La
guerra duró once largos años, entre 1481
y 1492 y lo primero que se
hizo en ella fue conseguir establecer la seguridad del
Mediterráneo ya que había sospechas de
que había una connivencia entre los turcos y
los musulmanes de Granada.
Para ello se pactó con todos los reinos implicados
a fin de conseguir su colaboración en este área,
especialmente su neutralidad. Fue un trabajo llevado
a cabo personalmente por Fernando, el gran diplomático
del Renacimiento y, como Rey de Aragón y Sicilia,
con muchos intereses comunes en esa parte del mundo.
Así pacta con Francia, Génova, Venecia,
el Vaticano y Egipto.
En 1481,
Muley Hacén,
Emir de Granada, había conquistado la
ciudad de Zahara lo que dio pié
a los monarcas españoles para iniciar una reconquista
que iba a tener un enorme costo económico para
las arcas reales: dos millones
de maravedíes que se recaudaron de la
Hermandad, del décimo del clero y con la ayuda
recibida por tratarse de una Cruzada.
En respuesta a la conquista de Zahara por parte de los
musulmanes, el Marqués de Cádiz
y Don Diego de Merlo, conquistaron
Alama y se fortificaron en ella en 1482.
Viendo los buenos resultados de esta forma de actuar,
Fernando determinó que, a partir de entonces,
todas las acciones de guerra tenían que seguir
este modelo; es decir, conquistar una ciudad y asegurarla
de forma que no fuera reconquistada con lo que se evitaban
las batallas en campo abierto.
En
Granada empieza a haber síntomas de una guerra
civil al ser puesta en entredicho la política
seguida por Muley Hacén por sus hijos Boabdil
y Yusuf, que se pusieron al frente
de una sublevación.
Boabdil, partidario de pactar con Castilla quiso, con
una acción de armas, conseguir prendas y rehenes
que le sirvieran en caso de que se llegara a algún
acuerdo. Atacó Lucena
consiguiendo un gran botín aunque la plaza quedó
en manos de los cristianos.
Cuando regresaba a Granada le sorprendió el Conde
de Cabra que lo hizo prisioner en 1483
y, en el mes de agosto, se firmó una tregua entre
el musulmán y los Reyes Católicos. Por
dicho acuerdo Boabdil pasaba a ser vasallo
de Reino de Castilla con la obligación
de pagar 12.000 doblas de
oro anuales. Muley Hacén no estuvo en este pacto
ni, por tanto, lo firmó con lo que Granada quedó
dividida en dos mitades, una dominada por Muley y la
otra por Boabdil.
En 1484 Fernando
se pone al frente de la guerra, que es fundamentalmente
de desgaste mediante el cerco económico (destrucción
de la agricultura) y militar (conquista de las plazas
más importantes).
La primera en ser tomada fue
Álora en la que se pactaron unas condiciones
para la rendición de la población musulmana
que serviría de modelo para las demás,
a saber: concesión de las tres característica
inherentes a la condición humana, libertad personal,
propiedad de sus bienes y mantener su religión
y culto, se les exigía que siguieran pagando
el tributo a la corona, como hasta ese momento lo habían
hecho. Los que no aceptasen esto, tenían libertad
de marcharse del país con sus pertenencias.
Por parte de los musulmanes
intervienen, a lo largo de la guerra, tres reyes: Muley
Hacén hasta 1485,
su hermano “El Zagal” hasta
1489 y, el hijo de Muley,
Muhamad XII conocido como Boabdil
que fue durante una parte de ella, aliado de
los cristianos.
En 1485 muere Muley y los
cristianos conquistan Ronda, Loja
e Ilora. “El Zagal” que le sucede es derrotado
por Boabdil con ayuda de los castellanos. En 1487
se conquista Málaga, Vera,Mojacar,Mijas, Vélez
Blanco , Vélez Rubio,
Baza, Tabernas, Purchena,
Guadix y Almería.
El reino de Granada queda reducido,
por tanto, a la capital, la Vega y las Alpujerras.
Granada
está pasando por una grave crisis provocada por
el hambre que se apodera de la ciudad por los muchos
emigrantes que llegan a ella procedentes de las ciudades
conquistadas por los Reyes Católicos, lo que
hace muy difícil que Boabdil pueda defenderla.
Los castellanos ponen cerco a la ciudad que no tiene
más remedio que rendirse el 2
de enero de 1492. Con esto terminan ocho siglos
de presencia política, militar, religiosa y cultural
de los árabes en la península Ibérica
en los que se produjo de todo, batallas ganadas y perdidas,
conversiones y defecciones tanto de unos como de otros,
matrimonios entre personas de distinta religión,
(la reina Tula de Navarra era abuela de Almanzor) estilos
artísticos nuevos, un gran avance cultural por
ambas partes, etc. Demasiados siglos para tratarse solamente
de una guerra.
Uno de los hechos que
produjeron mayor sufrimiento y dolor a Isabel (y a Fernando)
fue el de la sucesión a su corona.
Isabel y Fernando basaron su política matrimonial
en el aislamiento de Francia, dadas sus permanentes
reclamaciones sobre territorios españoles (Navarra,
Sicilia, Rosellón y Cerdaña y el reino
de Nápoles).
Era pues, necesario, que sus hijos se casaran con descendientes,
directos o indirectos de las familias reales de Europa
no francesas: Portugal, Inglaterra
y el Imperio Austríaco (Duques de Borgoña).
Por ello el primogénito de sus hijos, Isabel,
la casan con Alfonso de Portugal (de
la casa de Aviz) que muere prematuramente sin descendencia.
Casada en segundas nupcias con Manuel el Afortunado
también de Portugal, tienen un hijo que se llamó
Miguel y que también muere prematuramente
en 1500.
Juan y Juana se casan
con los descendientes de Maximiliano de Austria,
(los hermanos Margarita y Felipe,
Duques de Borgoña). Pero el heredero muere al
poco de casarse, con veintiún años de
edad y sin descendencia. Juana
es la única que tiene descendencia y la que,
al fin, es la heredera a pesar del (supuesto)
mal estado de su salud mental.
Catalina no tuvo mejor suerte que sus
hermanos. Casada con el Príncipe de Gales,
heredero de la corona de Inglaterra, Arturo,
este muere al poco tiempo sin sucesión. Casa
con su hermano Enrique (luego Enrique
VIII de Inglaterra) que se divorciaría de ella
por no tener descendencia masculina y que luego haría
matar a dos de sus siguientes esposas.
Por último María que
caso con el viudo de su hermana mayor Isabel, Manuel
el Afortunado. ¿Es posible que una familia tenga
tantas desgracias seguidas?. Pues ellos las tuvieron
y debieron ser un factor importante en la muerte de
Isabel.
El siguiente árbol genealógico servirá
para clarificar un poco este galimatías familiar
y sucesorio.
Portugal,
Inglaterra y Austria fueron los países
elegidos para poner cerco a las pretensiones y hostilidad
francesa hacia España aunque nada se consiguió
por distintas y variadas razones.
Fernando, incluso, quiso pactar con Juan D’Albert,
casado con Catalina de Navarra, y rey navarro, por tanto,
con el nombre de Juan II, quien, finalmente se aliaría
con el rey francés, Carlos VIII.
Este había conseguido romper el cerco que le
habían puesto los Reyes Católicos siguiendo
su misma táctica, negociar con los países
vecinos para hacer frente a Castilla. Pactó con
los reyes de Castilla, el 10 de
septiembre de 1493, devolviéndoles los
condados de Rosellón y Cerdaña
a cambio de que no intervinieran en su reclamación
sobre el reino de Nápoles. El
papel de Isabel en toda esta política sucesoria
fue decisivo ya que, enemiga de resolver los conflictos
mediante una guerra, consiguió evitar la muy
previsible entre Fernando y Carlos VIII.
La
política matrimonial tan planificada y meditada,
fue un enorme fracaso. La década
de 1490 a 1500 fue realmente dura y, en muchos
aspectos dramática, pero hubo otra muchas cosas
que obligaron a Isabel y Fernando a replantearse toda
su política exterior: la
traición de Felipe el Hermoso pactando con los
franceses y autoproclamándose Príncipe
de Asturias, las maquinaciones
de César Borgia pidiendo para sí
el Ducado de Gandía aunque había
sido declarado hijo ilegítimo y que los reyes
no aceptaron; desposeído de su condición
de Cardenal y de Obispo por ser declarado bastardo,
consiguió del papado importantes territorios
de los Estados Pontificios con el título de Duque
de Velentinois. Intentó casarse con Carlota D’Albnert
de la familia de los Reyes de Navarra que intrigaban
contra la corona de Castilla pidiendo la retirada de
las tropas de Navarra e, intentando, entregar el reino
a Luis XII rey de Francia. Los Reyes Católicos
consiguieron frenar estos intentos.
Por otra parte, Puebla, embajador de
los reyes en Londres para negociar la boda de Catalina,
cometió gravísimos errores en contra de
los intereses de Castilla. Inexplicablemente Isabel
y Fernando, al tanto de todos sus agravios a la corona,
le mantuvieron en su puesto durante muchos años
(¿le debían algo importante o era la aplicación
del refrán “mas vale malo conocido
que bueno por conocer"?). Todo esto hizo que
la salud de la reina empeorara y que dedicara todos
sus esfuerzos finales a sus dos grandes objetivos: la
Unidad de Reinos y la Unión Religiosa, tal y
como lo dejó escrito en su testamento.
En cuanto al tema de
la unidad religiosa de España, objetivo primordial
para Isabel, ha sido uno de los que más tinta
ha hecho correr y, en muchas ocasiones, sin toda la
objetividad que hubiera sido de desear. especialmente
en lo que concierne a los judíos que, visto con
la perspectiva actual, puede ser tomado como un error.
Conviene hacer algunas puntualizaciones:
En primer lugar, en la Edad Media y
gran parte de la Edad Moderna, la
Iglesia y el Estado estaban tan fuertemente imbricados
que se afirmaba que el poder real era de origen divino
y que cualquier desviación de la doctrina católica
era considerada como un delito contra el Estado.
En segundo lugar la Inquisición,
creada por el Papa Gregorio IX en 1231,
se redacta tomando como modelo la ley imperial promulgada
por Federico Barbarroja (poder secular) que imponía
la pena de muerte a los herejes (a todos y no solamente
a los judíos) y, en esta época, los herejes
eran los cátaros y los albigenses.
La represión contra estos fue especialmente cruel
(hay serias dudas de que realmente fueran herejes) llegando
casi a la extinción de los mismos.
Pero en España, aunque existía el Tribunal
de la Inquisición en el Reino de Aragón,
desde Jaime I el Conquistador (más cercano geográficamente
a los cátaros que ningún otro reino de
España) no se hizo nada contra ellos porque,
en realidad, no empezó a funcionar hasta los
tiempos de los Reyes Católicos. En Castilla este
Tribunal no se instauró hasta 1483.
La tercera cuestión es que España fue
el último de los reinos europeos en instaurar
la Inquisición, habiendo sido los reyes castellanos
extremadamente tolerantes y generosos con la comunidad
judía. Hubo algunos problemas entre estos y la
población de las ciudades nunca alentados por
la corona.
En Alemania ya había habido persecuciones en
el S. IX también por causa de la población
civil. Los reyes, no solamente los castellanos, fueron
los que más se beneficiaron de la presencia de
los judíos en sus tierras ya que, con mucha frecuencia,
fueron sus asesores, sus banqueros, sus médicos,
(las amantes en muchas ocasiones) etc. El brazo derecho
de Fernando fue precisamente un judío converso,
Santángel, por lo que eran (los reyes) los menos
interesado en que se fueran del país. La población
civil soportaba mal la facilidad y capacidad que tenían
estos para enriquecerse, no podían casarse con
ellos (lo que les hubiera permitido acceder a sus fortunas)
porque sus costumbres les hacia casarse siempre con
personas de su raza, eran muy inteligentes y desarrollaban
trabajos bien remunerados que no estaban al alcance
de los cristianos. ¿Era un problema de simple
envidia?. Las acusaciones de estos contra los judíos:
crucificar niños el Jueves Santo, alimentarse
con su sangre, envenenar las aguas, difundir epidemias,
profanaciones de la Sagrada Forma,... nunca fueron probadas.
Un
dato curioso es que las leyes contra el pueblo judío
en Europa tuvieron su origen en un antiguo judío
converso, expulsado de su sinagoga acusado de averroísta.
Se llamaba Nicolás Domín,
dominico, que, en 1236 presentó al Papa
Gregorio IX una denuncia contra ellos en la
que afirmaba que, en el Talmud
(Obra literaria y religiosa escrita
que recoge el comentario a la Misná elaborado
por los maestros judíos de Palestina entre los
siglos III y V. Su nombre en hebreo (Talmud) significa
´estudio´), había 35 proposiciones que atacaban
al cristianismo.
Esto hizo que, los conocidos como “talmudistas”
fueran considerados como herejes y que Inocencio
IV ordenara la destrucción del Talmud.
Sin embargo, en Castilla ni se destruyó ni se
cambio la actitud hacia ellos pero, en Europa, durante
los siglos XIII y XIV se decidió que la solución
a este “problema” era la de hacerles abandonar
sus países de residencia. Fue un gran éxodo
que llevó a muchos de ellos a países al
Este de Europa (Rusia, Polonia, Ucrania, Lituania,...)
donde vivieron y se multiplicaron hasta las terribles
persecuciones del S. XX.
En
España fue Raimundo Lull el
que dijo que los judíos, (los rabinos) debían
demostrar que las Promesas se habían cumplido
y, en caso de no hacerlo, tenían que ser adoctrinados
y bautizados. Si esto no se producía debían
ser expulsados (solamente los relapsos).
Todo esto no pretende ni alabar, ni justificar la expulsión
de los judíos de España, sino situar los
hechos en su contexto histórico. No cabe duda
de que las consecuencias fueron perjudiciales para la
economía del país, cosa que, por otra
parte, era sabida y valorada por la Reina Isabel y que
para ella era un mal necesario, antes que actuar en
contra de los principios, directrices y criterio de
la Iglesia Católica. La “vox
populi” acabó convirtiendo
su odio hacia esta raza en antisemitismo ya que decían
que el judío sigue siéndolo aunque se
bautice.
En 1432,
por iniciativa de Don Álvaro de Luna
(que tenía como asesor a un preclaro judío)
se celebró una asamblea de las aljamas
(sinagogas) que determinó, supervisado por las
Cortes, el nombramiento por el rey de un Rabino Mayor
que se responsabilizaba del comportamiento de los judíos
en sus relaciones con los cristianos lo que se tradujo
en un período de relaciones mucho más
pacíficas entre las dos comunidades. El último
de los nombrados, Abraham Seneor, desapareció
al publicarse el Edicto de expulsión.
Este se publica el 31 de marzo de
1492 (Francia, Inglaterra y Austria lo habían
hecho el siglo anterior y de los Estados Pontificios
nunca fueron expulsados (¿contradicción
entre su doctrina y los hechos?). Para asegurar la legalidad
de esta expulsión se establecían tres
condiciones que debían cumplirse:
• Los delitos
tenían que ser los que se habían admitido
como tales; simonía,
usura y herética pravedad (iniquidad).
• Se otorgaba un plazo de cuatro meses para
abandonar el país o para convertirse al cristianismo
mediante el bautismo. Los que lo hicieran serían
considerados iguales a los cristianos viejos.
• Se les reconocía la plena propiedad
de todos sus bienes, tanto muebles como inmuebles,
sometiéndose a las leyes que prohibían
la salida del reino de oro, plata, caballos y armas
pero podían venderlo antes de salir y llevar
su importe en letras de cambio o mercancías
de libre circulación.
No hay documentos precisos de cuántos fueron
los que abandonaron España ni de los que se convirtieron
y quedaron en ella. Las cifras que se dan normalmente
suelen ser exageradas. Se puede afirmar sin temor a
equivocarse que fueron más los que salieron que
los que se quedaron.
La
expulsión de los moriscos ha sido otro
hecho controvertido. Según los documentos, antes
de la conquista de Granada, había en los reinos
de Castilla y León unos 17.000
musulmanes muy repartidos por la península, gente
pobre, poco formados intelectualmente y dedicados en
su mayoría a la agricultura. En el reino de Granada
vivían unos 300.000.
Siguiendo los reyes su política de conseguir
la unidad religiosa y, manteniendo las capitulaciones
de Santa Fe con las que se cerró la conquista
de Granada, quisieron atraer a los musulmanes a la religión
católica. Esta misión fue encomendada
al Conde de Tendilla y al Arzobispo
Talavera que pusieron todo su empeño
en ello, hasta el punto de que Tendilla aprendió
el árabe para comprender mejor sus problemas
y peticiones escribiendo un sencillo catecismo en esa
lengua. Unos años antes Isabel había acogido
a los moriscos expulsados de Portugal concediéndoles
el mismo estatus que el que tenían los que vivían
en España por las mencionadas Capitulaciones.
Pero intervino el Cardenal Cisneros
diciendo que los derechos de los moriscos así
concedidos, competían a la autoridad civil y
que el tema religioso que ellos planteaban, correspondía
a la Inquisición.
Así la evangelización se hizo más
dura, con amenazas y con castigos, lo que produjo algunas
revueltas y pequeñas guerras de las que la más
importante se dio en las Alpujarras,
donde tuvo que ir Fernando personalmente para reducirlos.
No cabe duda que fueron muchas las conversiones, una
buena parte no sinceras pues se hacían para conseguir
los premios económicos y la mejora de su situación
jurídica que se les ofrecía. Pero las
revueltas armadas, las presiones y las exigencias de
Cisneros de que debía considerarse a los moriscos
como herejes, hizo que se firmara el edicto
de expulsión el 11
de febrero de 1502 teniendo que irse, la mayor
parte de ellos, al Norte de África.
Cristóbal
Colón llegó a la Rábida
en la primavera de 1483,
después de haber pasado bastante tiempo en Portugal,
donde había aprendido mucho sobre cartografía
y tomado contacto con los marinos portugueses. Viene
a España porque el rey de Portugal no quiso “embarcarse”
en el sueño de Colón y también,
según algunas fuentes, para huir de los que le
acusaban de haber robado algún documento importante
de la Escuela de Navegación.
En ese momento la conquista
de Granada ocupaba todos los esfuerzos de los
Reyes Católicos y Colón
comprendió que tenía que esperar para
poder ofrecer su proyecto que no era otro que el de
alcanzar las costas de China (país
de las especias) y Japónnavegando
hacía el oeste en vez de por la ruta normal
que era la de dar la vuelta a Africa hasta alcanzar
la India, con lo que se acortaría enormemente
la travesía y, por tanto, el coste de las especias.
Cuando finalmente pudo hablar con ellos les presentó
unas condiciones para llevar a cabo la empresa que eran
realmente exageradas pero que para él, que era
un soñador imbuido de su excelencia, le parecieron
imprescindibles. Estas eran las siguientes:
• Tener la
categoría y el nombramiento de Almirante
de la flota.
• Ser nombrado Gobernador
y Virrey de todas las tierras descubiertas.
• Percibir el diez por ciento
de toda las rentas obtenidas en dichos territorios,
incluidas las minas y participar, con un doce
y medio por ciento, en el capital necesario
para financiar el viaje.
A
los reyes les pareció una locura, especialmente
a Fernando que, en un momento de las negociaciones,
le dijo a Isabel que las rompiera y que Colón
hiciera lo que quisiera sin el apoyo de la corona, sin
nombramientos, ni títulos, ni rentas.
Quizá lo que menos gustaba a los reyes era, teniendo
en cuenta las características de las monarquías
de aquella época, tener que conceder títulos
tan importantes como el de Gobernador
y Virrey a alguien que ni era noble,
ni había prestado (todavía) ningún
servicio a la corona.
Ya con anterioridad, el Consejo
Real se había manifestado en contra del
proyecto ya que no había experiencia en travesía
tan larga (Colón la estimaba en 2.400 millas)
y se pensaba que supondría una muerte segura
de los que participaran en ella al no aguantar los barcos.
Las negociaciones se retomaron varias veces poniendo
a prueba la capacidad dialéctica del futuro Almirante.
Finalmente gracias a la intervención de los monjes
de La Rábida y de haber ayudado económicamente
el asesor de Fernando, Santángel,
los reyes aceptaron todas sus condiciones. Isabel aceptó
por tres razones:
• la primera y más importante
por la oportunidad que se le presentaba de extender
el cristianismo a todos los pobladores de las mismas.
•
En segundo lugar para competir con los portugueses
que ya habían doblado el Cabo de Buena Esperanza
en su camino hacia la India por mar, y no por tierra
como se había hecho hasta entonces. • Tercero porque
se trataba de una pequeña empresa, rechazada
por los portugueses, no muy importante, solamente
tres carabelas y dos millones
de maravedíes de los que la corona puso
un millón cuatrocientos mil (no es cierta la
historia de que Isabel tuviera que empeñar
sus joyas), Joanato Berardi, un banquero
italiano afincado en Sevilla, prestó a Colón
doscientos cincuenta mil maravedíes (¿era
judío como también parece que lo era
Colón según Salvador de Madariaga?)
y, finalmente, Luis de Santángel,
extraordinario colaborador de los Reyes Católicos,
judío converso de origen valenciano, puso los
restantes trescientos mil.
El
contrato firmando entre los reyes y Cristóbal
Colón, conocido como las Capitulaciones
de Santa Fe por haberse firmado en esa ciudad
(Granada) el 17 de Abril de 1492,
contenía todas las condiciones exigidas por el
excelso marino, seguramente porque nadie creía
que el resultado del viaje iba a se lo que en realidad
fue.
Cuando se dieron cuenta de la importancia de lo encontrado
(al no llegar a las costas de China, sino a tierras
distintas y desconocidas hasta entonces, se trató
de un auténtico descubrimiento y como tal se
le ha venido llamando desde entonces) la reina no perdió
un momento para pedir al Papa, Alejandro VI,
que declarase legítima la toma de posesión
de los nuevos territorios en nombre de la Corona de
Castilla y de ellos mismos como sus Reyes. Esta legitimización
tendría efecto si, el motivo principal de la
soberanía que sobre ellas ejercerían,
fuera el de la evangelización
de sus gentes. También se lo comunicaron
a Don Joaö, rey de Portugal, haciendo hincapié
en que las nuevas tierras pertenecían a Castilla
por haber sido descubiertas dentro de los límites
establecidos, entre ambos reinos, en el tratado de
Alcaçovas. Se pensó en seguida
que con estos acontecimientos era necesaria una revisión
de este tratado por lo que se firmó el de Tordesillas.
En
el segundo viaje, la reina escribió a Colón
para comunicarle que los objetivos del viaje eran:
a)
El adoctrinamiento de los indígenas. b) Crear asentamientos duraderos
para facilitar el comercio.
Además prohibía expresamente la esclavización
de la población indígena ya que tenían
la condición de súbditos de Castilla.
En este viaje ya aparecieron los primeros problemas
que empañaron las sucesivas relaciones entre
los Reyes Católicos y Colón.
Este se dedicaba solo a los viajes
y exploraciones, dejando a sus hermanos,
Bartolomé y Diego, el gobierno de la
ciudad recién construida de Isabel. Pero ellos
con el afán de obtener la mayor cantidad posible
de oro, hicieron trabajar a los indios arawks
en condiciones muy duras.
Por otra parte, el franciscano Bernardo Boil,
encargado de la evangelización, viendo que esta
no se llevaba a cabo declinó el encargo que había
recibido, se volvió a España informando
a los reyes puntualmente. A partir de este momento Colón
vio como se demoraba en el tiempo el cumplimiento de
las condiciones pactadas en Santa Fe
haciéndose nombramientos que chocaban con su
condición de Almirante. En realidad este era,
no cabe duda, un extraordinario navegante, conocedor
de todos los misterios y secretos, tanto del mar como
de las técnicas de navegación, de las
rutas, de las cartas marinas, experto geógrafo,
etc. pero como gobernante se demostró que no
tenía las condiciones necesarias. Quizá
le perdió su desmedida ambición y su orgullo.
Falleció en Valladolid en 1506,
bastante olvidado, sin demasiados medios de fortuna,
sin saberse ni la fecha cierta de su nacimiento, ni
la de su muerte. Hoy no sabemos con certeza donde esta
enterrado.
Como
ya hemos visto en el apartado dedicado a la política
exterior, los años entre 1490
y 1500 fueron especialmente duros para Isabel
la católica al fracasar la política matrimonial
y por tanto de alianzas tejida por los Reyes. Los últimos
años de Isabel giran en torno a la figura del
heredero de la Corona, Carlos, y sucesivos
juegos de alianzas.
El Consejo de Borgoña, sabiendo
que los Reyes Católicos habían asumido
que el hijo de Juana y Felipe era el heredero de la
corona de España, ofreció a los reyes
una propuesta a este efecto que era la de casar a su
nieto Carlos con Claudia
la hija del Rey de Francia, Luis XII, con lo que conseguiría,
por un lado la unión de Borgoña con Francia
y, por otro, la certeza que con esto se terminaría
la enemistad entre los dos países y las correspondientes
guerras.
Mientras tanto Isabel escribía una larga carta
a su hija instándola a venir a España
ya que no se podía demorar más su juramento
como heredera del trono de España delante de
las Cortes. No puso reparos a que Carlos se casara con
Claudia.
Felipe comentaba a Fuensalida
(embajador de España) que para hacer el viaje,
estando Juana preñada, necesitaba un gran séquito
por lo que era necesario que se le facilitasen 26
millones de maravedíes. En aquella época,
como en la actual, todo tenía un precio ya fuera
un pacto matrimonial, un viaje político, un cargo
público, etc. Como ejemplo valga el hecho de
que la ciudad de Bruselas ofreció a Felipe el
Hermoso 5.000 florines para que el hijo que esperaban
naciera en esa ciudad. Así se hizo, el Conde
cobró y la niña Isabel nació donde
querían las autoridades de la ciudad.
Isabel
seguía empeorando y todos estos acontecimientos
la debilitaban cada vez más. La enfermedad de
Juana le era de sobra conocida y la pudo comprobar en
ella misma por las durísimas palabras que le
dedicó la Infanta con motivo de alguna de sus
crisis, en el transcurso de una de sus visitas a España
con motivo del nacimiento de su hijo Fernando. Así
llegó el día 26 de
noviembre de 1504 en que muere
Isabel apaciblemente habiendo tenido tiempo de redactar
su testamento (uno de los documentos históricos
más importantes) y un codicilo anejo.
Pudo reinar gracias a la sentencia arbitral de Segovia
de 1475 que permitía
reinar a las mujeres.
Rafael Osset y Manso de Zúñiga Octubre 2004
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