Datos Técnicos Título original: The Mission
Nacionalidad: Reino Unido, 1986. Producción: Goldcrest Kingsmere Prod./Enigma(Gran
Bretaña-EE.UU., 1986). Productores: Fernando Ghia y David Puttnam.
Productor asociado: Iain Smith. Productor ejecutivo: Alejandro Azzano y
Felipe López Caballero. Director: Roland Joffé. Argumento y guión: Robert Bolt. Fotografía: Chris Menges. Música: Ennio Morricone, interpretada por
la London Phillarmonic Orchestra. Diseño de producción: Stuart Craig. Diseño de vestuario: Enrico Sabbatini.
Decorados: Norma Dorne, Francesco Bronzi,
George Richardson y John King. Montaje: Jim Clark. Casting: Susie Figgis y Juliet Taylor.
Intérpretes: Robert de Niro (Rodrigo Mendoza),
Jeremy Irons (Padre Gabriel), Aidan Quinn (Felipe de Mendoza),
Cherie Lunghi (Carlotta), Ray McAnally (Cardenal Altamirano),
Ronald Pickup (Hontar), Asunción Ontiveros (Jefe indio),
Liam Nelson (Fielding), Chuck Low (Don Cabeza), Bercelio
Moya (Muchacho indio), Sigifredo Ismare (Hechicero), Daniel
Berrigan (Sebastián), Joe Daly (Noble), Luis Carlos
González (Niño cantor), Harlan Venner (Secretario), Monirak
Sisowath (Ibaye), Álvaro Guerrero (Jesuita), Tony Lawn (Padre
provincial), Rolf Gray (Joven jesuita), María Teresa ripoll
(Sirvienta), Silvestre Chiripua (Indio), Carlos
Duplat (Embajador portugués), Alberto Borja y Jackes Des
Grottes (Sacerdotes), Enrique Lamas y Antonio Segovia (Nobles).
Color. Duración: 126 minutos. 70 mm. Dolby S.R.
Distribuidora: Warner Bros.
La exhibición de La Misión
en el Festival de Cannes de 1986 (donde obtuvo la Palma
de Oro), y en otros tantos certámenes, no pasó
desapercibida. Y si bien es cierto, que no deja de acusar
un notable efectismo sobre la base de una fotografía
y de una banda sonora no menos espectacular, no se puede
negar, sin embargo, que causó una agradable sorpresa,
despertando la admiración de críticos y de
cinéfilos en general.
No en vano, el éxito
del filme venía avalado por el reconocimiento internacional
de sus autores. A saber: Roland Joffé,
por Los gritos del silencio (The Killing Fields, 1984);
Robert Bolt, por Un hombre para la eternidad
(A Man for all Seasons, del director Fred Zinneman, 1966);
y David Puttnam, por Carros de fuego (Charriots
of Fire, de Hugh Hudson, 1982). Asimismo, Ennio
Morricone merece una especial atención por
su aportación musical que, en algunas escenas del
filme se diría que evoca el poder hipnótico
que la música ejercía para amansar a los indígenas.
Robert de Niro y Jeremy Irons,
con arreglo a magníficas dotes interpretativas, encarnan
a dos personajes tan dispares como apasionados, que dotan
al hecho histórico en el que se circunscribe la película
de un valor humano de gran trascendencia.
Al
éxito del filme contribuyeron, entre otros, la oportuna
elección de un impresionante escenario natural (con
el trasfondo de las cataratas de Iguazú,
en el río Paraná), que da una idea del sentido
de pertenencia territorial que los indígenas pudieron
haber tenido, opuesto al concepto de frontera, importado
por españoles y portugueses, y basado en el dominio
político y en el poder económico de sendos
reinos.
El impacto que produjo tempranamente el rodaje de La Misión
en Cartagena de Indias, con un presupuesto total de 20 millones
de dólares, fue tanto mayor por cuanto que involucró
a toda la población, que asistió sorprendida,
a la paulatina transformación de su pueblo, que finalmente,
se convirtió en la Asunción del Paraguay del
siglo XVIII.
La acción se sitúa básicamente,
en dos escenarios: los poblados guaraníes
de las reducciones (1)
de San Miguel, la más antigua; y de San Carlos, situada
por encima de las cataratas. El otro escenario
correspondería a la capital de la provincia
colonial, Asunción (2).
Tras la escena introductoria, un plano detalle nos presenta
al Cardenal Altamirano dictando a su secretario la relación
de los acontecimientos que ha desencadenado la aplicación
del Tratado de Límites de 1750 entre España
(Castilla) y Portugal, en las reducciones guaraníes
del río Paraná. Sus palabras nos retrotraen,
a modo de flash-back, al momento en que se desarrolla la
acción. Y, finalmente, la entereza política
con que aprueba el Tratado, atestigua el predominio del
poder civil sobre el eclesiástico, que el Cardenal
no duda en reconocer en su comunicación epistolar
con el Papa.
La trama del filme se construye,
no obstante, en torno a dos personajes. Uno es un sacerdote
jesuita, el padre Gabriel (Jeremy Irons),
que acude a la reducción de San Carlos para cubrir
el puesto de un correligionario suyo a quien los indígenas
han dado martirio, atándolo a una cruz, y lanzándolo
por la catarata desde una altura superior a 70 metros. El
nuevo sacerdote no tarda en granjearse la confianza de los
indios, a quienes seduce al llegar tañendo una flauta
y haciendo sonar suave tonadilla. Un día, en plena
selva, se cruza con el segundo de los protagonistas, Rodrigo
Mendoza (Robert de Niro), que ha dado caza a un
indígena. El padre Gabriel no da crédito a
lo que ve, y Mendoza recela, por su parte, de la obra misional
de un eclesiástico que, a primera vista, se le antoja
un obstáculo al tráfico de esclavos
que él defiende, y practica con tenacidad. Sin embargo,
su vida dará un giro repentino Cuando se entera de
que su amada está enamorada de su hermano, habla
con él, y éste le confiesa abiertamente el
amor mutuo que ambos se profesan. Mendoza se bate en duelo
con éste, y lo mata. Dominado inmediatamente, por
un profundo sentimiento de culpa, se recluye en un convento,
pero el padre Gabriel le propone una forma de redención:
integrarse en la reducción que él dirige.
Y aunque en un primer momento, Rodrigo se niega, no tardará
en aceptar la propuesta. Durante su escarpada ascensión
a la reducción, arrastra consigo una pesada carga,
de la que le libera uno de los indígenas al coronar
la cumbre. Mendoza acabará acogiéndose a la
orden jesuita.
Con
el tiempo, la reducción de San Carlos se consolida
y crece hasta el punto de igualarse a otras reducciones
de cierta consideración, como la de San Miguel.
Por su parte, el Cardenal Altamirano es
enviado a esas tierras por el Vaticano para supervisar el
Tratado de Límites entre los dos reinos peninsulares.
Los jesuitas se oponen a la cesión de los territorios
que ocupan, dado que de consumarse ésta, los indígenas
pasarían a ser esclavos en el acto (en Portugal y
en sus posesiones la esclavitud aún no ha sido abolida).
El Marqués de Pombal, primer ministro
portugués, es el mayor defensor del Tratado, y no
duda en obtener su aprobación bajo cualquier precio,
a fin de incrementar el tráfico de esclavos.
Aunque el Cardenal Altamirano admira las cotas de prosperidad
que han alcanzado las reducciones de la región fronteriza
del río Paraná que él mismo ha visitado,
acaba cediendo a las presiones políticas de España
y Portugal. De nada servirán el contraataque del
padre Rodrigo, acompañado de sus seguidores, en defensa
de la reducción, que es asaltada por las tropas hispano-portuguesas,
ni el martirio que sufre el padre Gabriel, en plena misa,
mientras le acompaña durante la comunión una
comitiva de feligreses.
Finalmente, la masacre precede al destierro al que son condenados
los supervivientes, aun en contra de su voluntad.
Los hechos ocurrieron realmente,
en 1756, en la frontera entre Paraguay
y Brasil. Junto a las cataratas de Iguazú,
los ejércitos español y portugués asesinaron
indiscriminadamente a 1.400 indígenas.
Para entender el detonante de tal genocidio, es necesario
remontarse a la llegada de los primeros misioneros, cuya
fértil labor espiritual y terrenal fue alimentando,
involuntariamente, la hostilidad de la metrópoli,
que en su desarrollo, creerá ver a un molesto rival,
que podía limitar su autoridad, o poner en peligro
su hegemonía.
En 1609, llegaba a aquellas tierras el primer grupo de jesuitas.
Las reducciones que instauraron no tardaron en convertirse
en fuertes competidoras de ciudades cercanas, como Asunción
o Buenos Aires. La prosperidad que alcanzaron obstaculizaba
las aspiraciones expansionistas de Portugal en Ultramar,
que a esas alturas, consideraba obsoleto el Tratado de Tordesillas
firmado en 1494.
El 13 de enero de 1750, en virtud del Tratado de
Límites (del que se ha hecho mención
anteriormente), impulsado por el ministro José
de Carvajal(3),
se reconocía a España la definitiva posesión
de las islas Filipinas (situadas en el hemisferio portugués
de acuerdo con la línea divisoria establecida por
el Tratado de Tordesillas), y se fijaba la frontera en la
América del Sur. La
colonia del Sacramento quedaba en poder de España,
alejándose a Portugal del Río de la Plata.
En cambio, se le cedían los siete pueblos de las
reducciones del Ibicuy (Río Grande del Sur). También
se le reconocía a Portugal su expansión a
lo largo del río Amazonas. El Tratado, no ejecutado
por la oposición del Marqués de la Ensenada
y de Carlos III, y la sublevación de los indígenas
del Paraguay, fue renovado por el Tratado de San Ildefonso
de 1777, y ratificado por el Tratado de El Pardo de 1778.
A cambio, Portugal reconoció la soberanía
española en Filipinas.
Por esta sucesión de tratados, se resolvieron las
divergencias territoriales que mantuvieron durante mucho
tiempo España y Portugal, y las frecuentes incursiones
de “bandeirantes” (bandoleros
portugueses), en territorio español cesaron gradualmente.
Sin embargo, la resistencia que, como muestra el filme,
opusieron los indígenas a las tropas hispano-portuguesas
redundó en perjuicio propio, y afectó, por
extensión a toda la orden jesuita. La Compañía
fue expulsada de los dominios españoles en 1767,
y extinguida en 1773.
El Marqués de Pombal, a quien se le muestra acertadamente
en el filme contrario a la Compañía de Jesús,
convenció al Papa, con quien compartía cierta
animadversión hacia la orden, para que enviase a
la colonia al Cardenal Saldanha (que no, Altamirano), a
fin de supervisar el cumplimiento del pacto hispano-portugués,
que debía llevarse a cabo tan pronto como fuera posible,
y excluyendo cualquier obstáculo que pudiera paralizarlo.
Es por ello, por lo que la ulterior demarcación territorial
entre las posesiones coloniales de España y Portugal,
no se efectuaría definitivamente, hasta que la orden
jesuita no fuera asimilada o expulsada de sus enclaves.
Desgraciadamente, españoles y portugueses se decantaron
por la segunda opción. Y aunque los guaraníes
se defendieron encarnizadamente contra ofensiva tan atroz,
no pudieron resistir por mucho tiempo.
Quizás, por otra parte, el martirio del padre Gabriel
simboliza un holocausto de gran magnitud, que, como rezan
los créditos finales, ha perdurado hasta hoy. Y si
bien es verdad, que hubo quien abrazó la fe cristiana,
conmovido por el pertinaz testimonio de los misioneros de
la orden, como hiciera Rodrigo Mendoza, no hay que olvidar,
que el ejemplo cristiano muchas veces no ha disuadido al
poder civil de cometer atrocidades como las que denuncia
el filme. A este respecto, Roland Joffé declaraba
que la película “no está hecha pensando
en que sea una alabanza de una u otra actitud. Se trata
de contar los hechos tal como son, como ocurrieron, de forma
poética, pero comprometida. Se habla de algo que
pasó pero que tiene una relación simbólica
con la actualidad. El filme habla del contraste entre la
vida real de los misioneros y la concepción burocrática
de la misma que tiene el poder eclesiástico y político.
No dice si lo que pasó es bueno o malo, moral o inmoral.
Plantea estos hechos, y espero que desprenda un mensaje
de fraternidad, y además, invite o mueva a hacer
algo”.
ARTOLA, Miguel. Enciclopedia
de Historia de España. Alianza Editorial.
Vol. V. pp. 1157-1158. Barcelona, 1991.
ESPAÑA, Rafael de. Las sombras del Encuentro.
España y América. Cuatro siglos de Historia
a través del cine. Diputación
de Badajoz (Col. Cine/Festival de Cine Ibérico),
pp. 293-295. Badajoz, 2002.
RODRÍGUEZ, Eduardo; TEJERO, Juan. Diccionario
de películas del cine norteamericano.
T & B Editores. pp. 522-523. Barcelona, 2002.
RODRÍGUEZ FRAILE, Javier. Ennio Morricone. Música,
Cine e Historia. Diputación de Badajoz
(Col. Cine/Festival de Cine Ibérico), pp. 222-223.
Badajoz, 2001.
SÁNCHEZ MARCOS, F. “Lectura histórica
de La Misión (1986) de Roland Joffé”,
en Film-Historia, Vol. III, Nº 3, pp. 411-416.
Barcelona, 1993.
(1)El
término reducciones es más correcto
que el empleado en el filme por Roland Joffé,
que se inclina por hacer uso del de misión,
con una finalidad claramente comercial. Así
pues, en adelante, emplearemos el primero de ellos.